Retazos de temas que me han interesado alguna vez, experiencias vividas, recuerdos, libros leídos, textos perdidos y rescatados, films que han dejado una impronta en mi memoria, pero también proyectos no realizados o postergados...







martes, 18 de diciembre de 2012

ALEXIS

                                                                                                    A Beatriz Blanco



Todo comenzó con una invitación. Un compañero de medicina, de apellido Albujas, quien era hijo de la directora del Liceo Santiago Key Ayala, nos dijo: "¿Quieren formar parte de un coro para cantar aguinaldos?" Nos explicó que no se trataba de un conjuntico cualquiera, sino de un grupo musical de gente seria, donde había incluso una orquesta. 
Yo admiraba desde antes los aguinaldos y villancicos venezolanos recopilados y armonizados por Vicente Emilio Sojo, con quien aún no había empezado a estudiar, y ésta era una oportunidad de cantarlos en Navidad.
De modo que me aparecí en el Liceo. Antes de comenzar con los aguinaldos me acerqué a observar el ensayo de la orquesta. No puedo precisar si se trataba de Vivaldi o Corelli pero sí disfruté apreciando al director, amable y sudoroso, hacer las observaciones y repeticiones pertinentes. Aunque era estudiante de tercero o cuarto año en la Escuela de Música "José Ángel Lamas"  nunca había participado en una orquesta estudiantil de cámara o sinfónica, entre otras cosas porque no conocía de la existencia de ninguna; además, mis conocimientos y habilidades como intérprete se reducían a los escasos dos años de piano que cursé privadamente con el presbítero Jesús Calderón en el Liceo "San José" de Los Teques a cargo de los padres salesianos y si acaso uno o dos años de trompeta en el Conservatorio con el maestro Rafael Demóstenes Puche. La música académica la conocía por grabaciones o como público en los conciertos pero jamás había asistido a un ensayo.  Aunque en realidad eso no era totalmente cierto: en Los Teques había podido presenciar los de Primo Casale con una ópera del padre Calderón. En un descanso había conversado con el maestro Puche y visto y oído ejecutar la trompeta muy cerca de su atril.  En aquel momento no sospechaba que él sería mi profesor en  la "Lamas".
Decía, pues, que estaba admirado viendo al director, un hombre de color aceitunado, con una calvicie incipiente, bigotes a lo Arturo de Córdova y acento para mí irreconocible, mezcla de andino con costeño, cuyo nombre no había escuchado nunca ni visto en las letras de molde de la prensa. Pero me sentí muy cercano al quehacer de ese director, además de que literalmente me había colocado muy cerca del podio. No me daba cuenta de la mirada de un sujeto de lentes con gruesa montura negra que me escudriñaba con curiosidad. Oía la música y miraba al director, casi en contrapicado, pues estaba colocado debajo y a la izquierda de él, muy cerca del concertino, que era, para mi sorpresa, Eladio Larez, quien ya comenzaba a ser conocido como animador en la televisión.

Al terminar el ensayo con la orquesta me ubiqué entre los coristas.  Pero debo haberme saltado algún canal regular, pues el sujeto de lentes con montura gruesa que me había estado observando  dijo en voz alta, delante de todos:
- "¡El señor de la chaqueta marrón, que se identifique o se retire!".
Yo vestía en efecto una chaqueta de cuero. Y no me gustó el tono y la manera como se expresó, de modo que no me identifiqué sino que me retiré bastante molesto, y juré que no volvería jamás a ese lugar.

Pasaron  dos o tres años. Un mediodía cuando atravesaba el pasillo mientras me dirigía a la clase de armonía con el maestro Sojo al pasar frente a un salón a mi derecha con la puerta abierta volví a ver al director de los bigotes de galán del cine mexicano sentado ante una mesa al lado de Teresita Jiménez, una maestra del Grupo Escolar "Agustín Aveledo" en Gato Negro, Catia, y otra dama de lentes que después supe se trataba de la oboísta Isabelita Hernández. El director de orquesta me hizo un saludo cordial con la mano, algo que me extrañó pues no pensé que me recordara.
Al salir de la clase de Sojo Teresita me preguntó si quería asistir a unos ensayos como parte de la orquesta pues necesitaban un trompetista. Ya para entonces tendría unos cuatro años con el maestro Puche. Yo no estaba muy entusiasmado con participar en el asunto dados los antecedentes del la noche del ensayo de aguinaldos. Me aclararon que este era "un nuevo grupo que se estaba formando" diferente del otro, llamado Asociación Mozart.  Éste aún no tenía nombre. Me dijeron que los ensayos eran en la Escuela Popular de Música en la parroquia Altagracia, más exactamente de Truco a Caja de Agua, cerca de la recién inaugurada Avenida Baralt.

Me acerqué al ensayo un sábado por la tarde portando mi trompeta "King Liberty". Teresita me dijo que el director de la orquesta se llamaba Alexis Berrocal.  En un descanso se acercó y mientras se secaba el sudor de la nuca con un pañuelo en la mano izquierda estrechó su derecha con la mía mientras sonreía diáfanamente.  Pude verlo de cerca: mirada serena, cara más bien redonda, labios delgados bajo el mencionado bigote, zapatos color crema y franela negra tipo "chemise". Un aspecto totalmente caribeño. Sumamente amable y ceremonioso en el saludo. El acento me seguía desconcertando.  Después Teresita me aclaró que era costarricense.
Los ensayos que primero recuerdo fueron la Sinfonía de los juguetes, atribuida falsamente a Haydn por mucho tiempo, luego a Leopoldo Mozart, el padre de Wolfgang Amadeus, y últimamente a un monje benedictino llamado Edmund Angerer. Esta obra la disfruté como público neófito pues en ella no tenía nada que hacer como trompetista. Me maravillaba cómo se podía lograr una belleza tan sencilla con una orquestación mínima y utilizando juguetes como una trompeta de juguete, un tambor de hojalata, unos silbatos que producen el sonido de un cu-cú y de un ruiseñor, una matraca y un triángulo.  Allegro- Minuetto-Finale.
Me entregaron mi parte de trompeta para la Sinfonía Clásica de Prokofiev que no tuve que estudiar mucho, pues se trataba del tercer movimiento, Gavotta: Non troppo allegro,  en el cual la trompeta con sordina tiene pocas y breves intervenciones.
Fue la primera vez que me senté frente al atril de una orquesta. Berrocal dirigía con suma claridad, con movimientos amplios y precisos de ambos brazos y gestualidad también explícita acompañada de comentarios en su acento que ahora sabía que era tico, con gracia y amabilidad.  Nada de histrionismo, de gestos desmelenados, o de palabras altisonantes. Siempre cortés: "por favor"..."tengan la bondad"..."un momentico, los violines".
La mayoría de los músicos éramos jóvenes. Los adultos eran el concertino, un suizo de apellido Meyer y otro húngaro, el señor Suddarth (no estoy seguro de si está bien escrito) ambos inmigrantes que tenían en su vida ordinaria otras profesiones y oficios.  El resto estaba formado casi totalmente por estudiantes de la Escuela de Música José Ángel Lamas y algunos de la Juan Manuel Olivares.  Muchachos y muchachas, estudiantes de bachillerato y algunos, como Manuel Antonio Ortiz, este servidor y otros, de la universidad.  Había algunos veteranos entre las maderas (oboe y clarinete) curtidos en bandas como la de la Policía o de la Guardia Nacional de entonces, cuando se llamaban Fuerzas Armadas de Cooperación.
La otra obra a ensayar era el oratorio Misterio de Navidad de Antonio Lauro. Me tuve que llevar la partitura a mi casa para estudiarla aunque también la parte de la trompeta era breve, pero para mí, difícil. Esta obra, con texto  de Manuel Alfredo Rodríguez para narrador, soprano, mezzo, tenor, coro y orquesta, había sido interpretada dos veces desde su estreno en 1952 en el Teatro Municipal bajo la dirección del autor, con la participación de Andrés Peinado (narrador), Carmen Liendo (soprano), Morella Muñoz (mezzo) y Teo Capriles (tenor).  En esta ocasión los solistas eran Yazmira Ruiz, Teresita Jiménez  y Elio Malfatti. El narrador era un joven actor de cuyo nombre, lamentablemente no logro acordarme.  Es conocidísimo el final del Misterio, pues consiste en el aguinaldo El ángel tuvo razón, seguido de unos acordes que me recuerdan el final de El Pájaro de fuego de Stravinsky. Las tres obras se interpretaron  en un concierto navideño en un teatro que quedaba en la esquina de Pajaritos. Para ese entonces, el grupo tenía ya un nombre: Agrupación Pro Música.

Además de las mencionadas había otra mujer en el equipo organizativo y coordinador de la Agrupación.  La recuerdo menuda, de cabello negro y ojos verdes. Era sumamente discreta y tenía una bella voz que nunca trataba de hacer sobresalir: es decir, la voz perfecta para un coro. Se llamaba Raiza Ruiz. Era hermana de la soprano Yasmira, creo que era divorciada y tenía dos niños, varón y hembra.  Muchos años después de su muerte, su ahijada y sobrina Zaira Ruiz me reveló que el niño se llamaba Emilio Lovera, cuya trayectoria como humorista actualmente es conocida por todos los venezolanos.  En casa de Raiza se guardaban partituras, atriles  e instrumentos. Casi todas esas damas tenían una relación estrecha con el magisterio: a Teresita la había conocido años atrás en la preparación de un acto cultural cuando yo estudiaba quinto año de bachillerato y no nos habíamos vuelto a ver. Formaban una especie de guardia de corps alrededor de Alexis, quien se desentendía de todo lo organizativo para ocuparse de la dirección musical.




Mencioné la cordialidad de Alexis Berrocal como uno de sus rasgos sobresalientes. Esta amabilidad, para nada rígida ni empacada, iba acompañada por su sentido del humor que se traslucía en una facilidad para contar chistes con increíble eficacia. Esa gracia, con ese acento suyo, mezcla de andino y costeño, lo hacía el centro de las reuniones al finalizar los ensayos. Yo cursaba paralelamente los últimos años de medicina  en la universidad y comenzaba los de composición con Vicente Emilio Sojo en el conservatorio. Alexis tenía una estupenda capacidad de imitación, y me contaba, escenificando la anécdota con los gestos, las dificultades de los músicos (él era cornista de la Orquesta Sinfónica Venezuela) para seguir los tiempos cuando Sojo dirigía, pues no marcaba con claridad el primero, deslizando la mano hacia abajo sin que se viera claro el momento de entrar por parte del músico. Es difícil explicar ésto, pero lo intentaré: el director generalmente hace con el brazo derecho un gesto ascendente inicial en el tiempo débil anterior (arsis) que le sirve de aviso a los músicos para inmediatamente comenzar a tocar, en el mismo momento en que aquél lo baje en el fuerte (tesis).  En lugar de tomar el impulso ascendente y bajar el brazo derecho marcando el tiempo fuerte, Sojo lo hacía lentamente, mostrando la palma de la mano y dejando en el limbo a los ejecutantes, quienes no sabían cuándo entrar, lo que generaba una gran confusión. Lo cierto es que Alexis imitaba el gesto de Sojo con indecible comicidad, atusándose el bigote con la mano izquierda mientras con la derecha desorientaba a los imaginarios músicos.
Era Berrocal un coleccionista de anécdotas de Sojo, y él fue quien me contó la del incidente con la batuta de oro con la que Pérez Jiménez lo condecoró, mencionada en la quinta entrada de esta bitácora el 25 de junio de 2011 [Enlace]



Además de estos momentos compartidos con los compañeros de la orquesta o del coro había los de la intimidad, en los que me relataba detalles de su vida.  Me contó que había venido a Venezuela en calidad de trompetista, acompañando a la bailarina Yolanda Montez (o Montes) Farrington, mejor conocida como Tongolele.  Después de residenciarse aquí y ganarse el pan en diversas orquestas de baile, concursó en la OSV y quedó como intérprete del corno o trompa, su instrumento original.  Me hablaba de su infancia y de su Costa Rica con ternura y cariño y me comentaba la satisfacción que tuvo en Venezuela al conocer y saludar después de un concierto a nuestra Primera Dama de entonces, Doña Carmen Valverde de Betancourt, quien como se sabe, era de origen costarricense.

Con esto de la memoria de evocación (la de hechos remotos) se dice que se conserva con la edad a la inversa de la de fijación (inmediata); pero esta afirmación tiene sus matices.  Leí en alguna parte una afirmación de García Márquez en el sentido de que todas las "memorias" que se han escrito y se escribirán no presentan la realidad tal como fue sino tal como se la recuerda, casi siempre adornada o embellecida, parcial, fragmentaria y de variable nitidez. En feliz expresión de Carlos Fuentes, son "memorias de la memoria".
Estos recuerdos que voy relatando no escapan a esta afirmación del Gabo. Por ejemplo, me es difícil precisar si la mudanza para la "Miguel Antonio Caro" ocurrió antes o después del concierto sacro.  Tengo la imagen del coro ensayando el Kyrie de la Misa en Re de Lamas en el auditorio de la mencionada Escuela Normal, la entrada de las contraltos en el segundo verso de la oración: Christe eléison (Cristo, ten piedad) sorprendentemente allegro o allegretto, para seguidamente dar cabida a los tenores y bajos haciendo nuestra entrada: esto lo repetía Berrocal una y otra vez hasta que el fragmento saliera como él lo indicaba. Pero la dificultad estriba en que, si para esa fecha yo formaba parte del coro y no de la orquesta, no es menos cierto que participé como trompetista durante la ejecución de un fragmento del Requiem de Mozart que acompañó a la obra de José Ángel Lamas.  De modo que ante este problema mitad psicológico, mitad kantiano (¿cómo son las cosas en sí, prescindiendo del sujeto que las recuerda?) me transo por una solución pragmática e hipotética: pudo ser que el concierto de Pajaritos, con el fragmento del Requiem haya sido antes y el mencionado ensayo después, con lo que queda provisionalmente zanjada la cuestión epistemológica en pro de seguir el relato.






Ahora se trataba de montar el Requiem en Re menor, K.  626 de Wolfgang Amadeus Mozart.
La decisión se anunció en una fiestecita que tuvimos en la hermosa casa del Sr. Meyer, el concertino de la orquesta, mientras celebrábamos el éxito de la última presentación. Una grabación Deutsche Grammophon  de Karajan o de Jochum circuló entre nuestras manos y muchos nos sentamos con Alexis a escucharla.Todos sabíamos que se trataba de un gran reto. No sólo la envergadura de la obra en cuanto a dificultades técnicas, sino a la duración de la misma, nos hacía ver que entrábamos en un terreno diferente a lo que habíamos hecho hasta ahora:  recuérdese que se trataba de un grupo mayoritariamente formado por estudiantes de música. Había que buscar refuerzos, no sólo para la orquesta, sino para el coro. Nos dedicamos, cual militantes políticos o religiosos, a reclutar gente.  Recuerdo que llevé, entre otros, a un catalán, violinista de una antigua orquesta bailable, así como a unas alumnas de Primo Casale de armonía complementaria en el conservatorio de Santa Capilla, quienes no tenían ninguna experiencia en canto coral  y a un compañero de medicina que había estudiado violín:  todos desertaron.  Como decimos aquí: "no aguantó la mecha". 
Era imprescindible que las personas "enroladas" tuvieran un mínimo de conocimientos de solfeo, aunque la mayoría de los veteranos tuviesen, como tenían, un maravilloso oído musical que les permitiese memorizar cualquier partitura. Para esta ocasión Alexis me pidió que dejara la orquesta y trabajara con el coro, tanto para reforzar a los tenores como para ayudar a aprenderla a los coristas que no leían música con mucha rapidez.   Los solistas no habían comenzado a ensayar con nosotros con la excepción de la soprano Yasmira Ruiz, quien formaba parte (y muy comprometida) con la agrupación. De modo que algunas entradas de los solos las hacíamos provisionalmente nosotros mismos. 

Entretanto la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación conjuntamente con la Embajada de los Estados Unidos había organizado un encuentro o seminario de estudiantes de música que se llevaría a cabo en la Ciudad Vacacional Los Caracas, en el litoral del entonces Departamento Vargas (hoy Estado Vargas). Invitaron a las diferentes instituciones y agrupaciones: las escuelas de música, las orquestas estudiantiles y las asociaciones como la nuestra. Yo asistí en representación de  la Lamas, conjuntamente con tres compañeros más.
Para aclararlo de una vez por todas: siempre que menciono "La Lamas" me estoy refiriendo a la Escuela de Música José Ángel Lamas, antiguamente denominada Escuela Superior de Música a diferencia de la Escuela Preparatoria de Música, que pasó a llamarse Escuela de Música Juan Manuel Olivares. En otros momentos se habla de aquella como  Conservatorio de Santa Capilla por la esquina donde está situada, que por cierto, se llamaba originalmente San Mauricio.
Alexis, Isabelita y no recuerdo si Raiza y Teresita fueron a Los Caracas por la Pro Música. Aunque era un encuentro de jóvenes, no era excluyente: además de Alexis y las mencionadas, estaban figuras prominentes y consagradas. Recuerdo la entusiasta participación de la pianista Harriet Serr, del compositor Alfredo Del Mónaco y del clavecinista Abraham Abreu en un taller sobre música electrónica que dictó un conferencista estadounidense.También estaban Alberto Grau y José Antonio Abreu, quien era ya un economista destacado y cursante avanzado de composición y órgano en la José Ángel Lamas
A José Antonio lo conocía del conservatorio: siempre vestía formalmente de flux y corbata.  Era profesor de Teoría Económica I  y II en la Universidad Católica Andrés Bello. La primera vez que nos tratamos fue justo en la puerta del conservatorio cuando en medio de una conversación sobre Bach con Evencio Castellanos, nos pusimos a solfear la Tocata y fuga en Re menor... bueno, yo empecé a solfearla un poco en broma y Abreu siguió hasta donde se puede seguir la Fuga
En el seminario de Los Caracas desayunábamos por cortesía de la embajada americana (¡ham and eggs +  Pepsi-Cola en lugar de café!) y mientras caminábamos en la sobremesa por una de las calles de Los Caracas me empezó a hablar de un proyecto que tenía en mientes en relación a la educación musical. Había que masificarla; había que dar a conocer más la música escrita para los metales (recuérdese que yo era trompetista) formando brass ensembles o brass choirs  (conjuntos o coros de instrumentos de metal); había que multiplicar las escuelas de música y modernizar los métodos de enseñanza. Era una auténtica prédica que me sonaba descomunal e irrealizable. No tenía idea de lo que Abreu era capaz.
Directiva de la OSV ¿196-? El segundo a la derecha es Alexis
Alexis asistió a todas las actividades. Cuando había tiempo entre las comidas  nos reuníamos a comentar acerca de las conferencias. En las noches nos sentábamos en los quicios de las casas o en las aceras a echar cuentos, arte en el cual Alexis se destacaba.  Reíamos a carcajadas con sus ocurrencias, no sólo los de la Pro-Música,  y la Lamas, sino también los de la Olivares como Alberto Grau y su esposa, un profesor de apellido Fernaud, y por supuesto, nosotros.
Además de las actividades teóricas se hicieron ensayos uniendo a cursantes de las distintas escuelas de música.  El músico y odontólogo René Rojas ensayaba con estudiantes de música entre los cuales muchos pertenecían a la Orquesta de Cámara de la Universidad Central.
También asistieron al congreso  los miembros de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Illinois,  quienes participaban en las actividades y además nos dieron un concierto donde interpretaron la Bachianas Brasileiras N° 3 de Heitor Villa-Lobos. El ver a aquellos muchachos y muchachas, estudiantes universitarios que no iban a seguir en su mayoría la carrera musical, me llamó mucho la atención. Días después del evento me encontré con  tres de ellos a la salida de una clase de Medicina Tropical en la Ciudad Universitaria, y los paseé por el Rectorado, la Plaza Cubierta y el Aula Magna tratando de mostrarles la obra de Villanueva en mi mal inglés.
El plato fuerte del evento de Los Caracas fue la presencia del Quinteto Contrapunto. Ya habían salido dos de sus discos, y no sé si se habrían presentado antes en algún acto público, pero esa noche, al terminar Rafael Suárez, Jesús Sevillano, Domingo Mendoza, Marina Auristela Guánchez y Gloris López (¿o estaba lo mismísima Morella Muñoz?) de interpretar esa  reconstrucción de una obra folklórica en la tradición que desde el Discantus y el Fabordon hasta Bach y Palestrina nos legó la Escuela de Santa Capilla gracias a la obra y la enseñanza de Vicente Emilio Sojo en esa primera pieza de su repertorio llamada La puerca, el Auditorium de Los Caracas estalló en gritos, aplausos y ovaciones de pie de todo el mundo, entre los cuales los gringos de la Orquesta de Illinois no eran los menos entusiastas. Sevillano, Suárez y Mendoza sonreían satisfechos, ellos con la camisa por fuera, las mujeres casi sin maquillar, en un atuendo totalmente playero. Quizá después de haber escuchado la Cantata Criolla de Estévez no experimentaba una emoción igual...

Continuaron los ensayos del Requiem. Ya en los finales, antes de los ensayos generales con el refuerzo de los profesores de la OSV, empezamos a trabajar con los solistas: Virgilio Ruiz (tenor)   Antonio Lauro (bajo),Yasmira Ruiz (soprano), Aurora Cipriani (contralto).  Al respecto, el Profesor Juan Marcelo Hernández, docente universitario y actualmente productor del programa de tangos Corrientes y Esmeralda en la Emisora Cultural 97.7 FM,  me contaba que en  Buenos Aires, donde consigue material y afina el estro para su programa semanal, no le creían que hubiera conocido personalmente a Antonio Lauro y mucho menos que éste hubiera aceptado participar como uno más en el montaje que del Requiem hacía este grupo de jóvenes de todas las edades en la Escuela Normal Miguel Antonio Caro.  Desconocen los porteños no sólo el talante humano y sencillo del compositor y guitarrista bolivarense, sino el zeitgeist de la Venezuela de ese momento y especialmente la clase de músicos que se formaron a la sombra de Sojo y los Plaza.

Conservé durante muchos años aquél programa de portada negra con una silueta roja de Pan que suena su flauta, en realidad un diaulos, o aulos doble, especie de oboe de la antigua Grecia.  El tiempo lo hizo desaparecer, pero recuerdo los agradecimientos a tres figuras que tuvieron un papel destacado por el apoyo que dieron a su presentación en el Teatro Municipal: Salvador Itriago ( tío del médico con el mismo nombre) Eduardo Lira Espejo, crítico de arte y Lorenzo Batallán, Jefe de la Página de Arte de El Nacional.
Como se sabe, Mozart murió sin haber terminado de escribir el Requiem, que él sospechaba lo componía para su propio funeral.  De modo que le hizo indicaciones a su discípulo Franz Xaver Süssmayr para que lo concluyera (y no a Salieri, como el mordaz Milos Forman muestra en el film Amadeus). De modo que al terminar la secuencia, con el Lacrimosa, todo lo que sigue es parcial o totalmente del alumno. Pero hay tal compenetración entre los dos músicos que es difícil notar cuándo es la música de uno y cuándo la de otro. Yo personalmente no tengo ningún interés en averiguarlo, pues el único Requiem que me interesa es el que montó Alexis Berrocal aquella noche en el Municipal. Retengo la figura de Alexis cuando nos daba las entradas o nos hacía un gesto de satisfacción al finalizar el Amen después de la fuga del Cum Sanctis (idéntica a la del Kyrie, por tanto cien por ciento Mozart),  elevado sobre sí mismo, más allá de sí mismo, más allá de su ilimitada capacidad de entrega.




Una tarde, después de uno de los ensayos que siguieron al Requiem, se me acercó Alexis a pedirme un favor: no tenía culminada su primaria y quería sacar el certificado de sexto grado.  Estaba saliendo bien en los exámenes, pero tenía algunos problemitas con las matemáticas y quería que yo le diera unas clasecitas. Me presenté en su casa yo, uno de las personas menos recomendables para dar clases de matemática, a ayudar a este amigo que me pedía este favor casi con vergüenza, como si estuviera haciendo algo prohibido.  Su señora me abrió la puerta y en un pequeño pizarrón lo ayudé a comprender aquella aritmética que se le hacía difícil. No sé si pudo sacar el certificado, pero al finalizar cada clase se despedía de lo más ilusionado.
Además de hacerme profesor de matemática, Alexis logró conmigo otra hazaña:  llevarme a un juego de béisbol una noche en el Estadio Universitario. Siempre digo que soy fanático del Caracas, pero realmente eso es pura retórica. Por muchos y honestos intentos que he hecho por entusiasmarme con la pelota, jamás he podido ver una temporada completa. Si acaso un partido. No vienen al caso las razones, si las hay. Lo cierto es que me fui con Alexis, y el hecho de que no jugara ninguno de nuestros equipos favoritos facilitó la tertulia. Con las cervezas en la mano, hablamos de muchos temas: de la confrontación chino-soviética y la ruptura de Cuba con los chinos, de la política nacional, cosa que no hacía nunca por su condición de extranjero (no recuerdo si estaba naturalizado). Me preguntó sobre mi futuro profesional.  Le conté acerca de mis angustias y dudas ahora que se me acercaba la graduación de médico.  La música me atraía sobremanera y de poder culminaría las dos carreras.  Pero con la medicina tan absorbente, era difícil compartirla. Y no me interesaba tener la música como hobby, que era lo que todos me recomendaban. Si seguía con la música, era para ser músico.  Pero ¿qué hacer con la medicina? Nadie me había obligado a estudiarla. Mi familia respetaría mi decisión, fuera la que fuera. Alexis, quien valoraba como pocos mis cualidades musicales, me dijo, no obstante:


- "Mira, Franklincito, yo lo único que te puedo decir es una cosa:  es mejor que mañana digan de tí que eres un médico a quien le gusta la música y no un músico a quien le gusta la medicina".


Me reí de la ocurrencia y no hablamos más del asunto. Además, no tenía que tomar entonces ninguna decisión.  Mientras pudiera hacer las dos cosas, continuaría igual.

Uno de los frutos del seminario de Los Caracas fue que gracias al modelaje de los coros de metales y en general, de lo que los muchachos de la Universidad de Illinois hicieron y mostraron que se podía hacer con las trompetas, los trombones, cornos y tuba, investigué sobre música para metales y encontré material diferente para la trompeta, un instrumento que había cursado porque había que hacerlo dentro de la carrera de composición, no porque me llamara exageradamente la atención. Conseguí la partitura de la obra del compositor estadounidense Alan Hovhaness titulada Prayer of Saint Gregory (Oración de San Gregorio) para trompeta y cuerdas, donde el autor utiliza los llamados modos del canto gregoriano (algo diferente de la tonalidad) con originalidad y belleza.  La estudié, la aprendí y se la mostré a Alexis, quien la incluyó en el repertorio de la Agrupación Pro Música. Se ejecutó en varios conciertos, uno de ellos en el Ateneo de Maracay y debo relatar con alguna vanidad que el profesor Cesare Esposito, primer corno de la OSV, me felicitó por mi "afinación y hermoso sonido"







El año 1966 se presentó un serio desgarramiento en la Agrupación: Teresita e Isabelita se retiraron. Encontré una tarde a Alexis completamente desalentado y pesimista.  Me dijo que no había nada que hacer, no valía la pena continuar. Estaba a punto de tirar la toalla, lo que nos alarmó a todos.  Progresivamente fue recuperando el ánimo y se reanudaron los ensayos.  Montábamos un programa con  el Largo de Händel, un coro de La Creación, de Haydn y Los Planetas de Holst, así como el Magnificat de J.S. Bach,  que se presentó en la Televisora Nacional canal 5, al cual no pude asistir a pesar de haber participado en los ensayos, no recuerdo si por una guardia o algún percance de salud.
Alexis continuó dirigiendo la orquesta y el coro, quedando el peso de la parte administrativa en las hermanas Ruiz.  Alexis y Raiza viajaban semanalmente a Maracay, a una actividad relacionada con la docencia de la música. 


Una mañana me despertó la noticia de un accidente en la carretera. Raiza había fallecido instantáneamente y Alexis se encontraba sumamente grave, con lesiones en miembros inferiores y conmoción cerebral.  Casi no tuvimos tiempo de vivir el duelo por la muerte de aquella menuda mujer de ojos verdes y mirada dulce, debido a la alarma y la preocupación por el grave estado de salud de Alexis, quien no había recuperado la conciencia.
Entretanto mis estudios de medicina llegaban a su fin.  En julio sería la graduación. Esos meses se fueron en las diligencias para el acto académico, la parafernalia de las togas, el anillo, el diploma, la escogencia del padrino y los trámites administrativos de la universidad.  Pero hubo tiempo para Alexis, quien se había recuperado bastante, se encontraba consciente y en medio de la tragedia conservaba su sentido del humor, aunque siempre existía el riesgo de tromboembolismo por el prolongado reposo debido a la múltiple fractura de miembros inferiores.  Días antes del grado, lo fui a visitar al hospital y cuando me pidió que le mostrara el anillo, me dijo:

- "¡Ay, Franklincito! ¿No te lo había dicho?  Escogiste ser un médico a quien le gusta la música. Fue lo mejor".

Fue la última vez que nos vimos.  Pocas semanas después de mi graduación falleció a causa de un tromboembolismo. Recuerdo que esa madrugada lloré silenciosamente, sentado en la escalinata entre el patio trasero de mi casa y la azotea.
Se dice en las biografías de Mozart que el día de su sepelio cayó una lluvia torrencial acompañada de truenos y relámpagos, que la gente salió corriendo y dejó el ataúd abandonado en el terreno, por lo que no se han encontrado los restos del autor del RequiemDon Giovanni.  Algo parecido ocurrió en el cementerio cuando fuimos a enterrar a Alexis. Las palabras y los discursos fúnebres fueron interrumpidos por el agua, pues apenas el sacerdote terminó su oración, cayó un aguacero tan intenso que hubo que abreviar la ceremonia y retirarse apresuradamente del Cementerio General del Sur.

No sé cómo terminar este artículo. Cuando comencé a escribirlo pensé que no podría arrancar. He escrito mucho más de lo que pensaba y no encuentro ninguna frase lógica o atractiva para concluir. 
He intentado relatar la trayectoria de un hombre sencillo que desplegó una actividad descomunal sin aspirar a ninguna gloria ni reconocimiento. Por otra parte, me gustaría saber que he logrado trazar algunos rasgos de unas de las iniciativas que promovieron la actividad musical juvenil en Venezuela, junto con otras, igualmente valiosas, como fueron la Asociación Mozart y la Orquesta de Cámara de la Universidad Central de Venezuela. Eso sin nombrar las agrupaciones puramente corales.  Hoy día existe un vigoroso movimiento musical con el Sistema de Orquestas Juveniles.  Pero es bueno saber que esto no nació de la nada, por generación espontánea o gracias a la vida y milagros de una sola persona.  Si aquellas tuvieron una vida más corta y un alcance más modesto, también es cierto que contaron con muchísimo menos recursos económicos y ningúna vinculación con el poder.  Asimismo, respetaron las instituciones que les dieron vida y se alimentaron de la tradición musical venezolana, de la savia nutritiva de las Escuelas de Música y de las instituciones del Estado que hoy han desaparecido o están desmanteladas.  Si este relato contribuye a reconocer el legado de esos pioneros, me doy  por satisfecho.


Escuela de Música "José Ángel Lamas". Circa esquina de Santa Capilla









jueves, 29 de noviembre de 2012

EL PODER Y LA MÚSICA

Recientemente un geólogo petrolero, politólogo y activista comunitario, publicó en su blog un artículo en el cual criticaba la actitud de "abyecta sumisión" de José Antonio Abreu ante el ex-Vicepresidente de la República y candidato a la Gobernación del Estado Miranda Elías Jaua al agradecerle públicamente el apoyo que le dió al Sistema de Orquestas Juveniles.
Sin entrar en el fondo del asunto me han venido a la memoria unos cuantos sucesos que muestran la particular relación que guardan los músicos con las figuras de poder a quienes podríamos llamar "los soberanos". Claro que todas las artes, mejor dicho, todos los artistas, tienen un particular vínculo con los gobernantes, sobre todo cuando éstos son sus empleadores, pero en este retazo sólo me ocuparé de los músicos por algunos elementos que se irán viendo a medida que echo el cuento.

Jean-Baptiste Lully, nacido en Florencia y bautizado con el nombre de Giovanni Battista Lulli, fue compositor de cámara y posteriormente Superintendente de la Música de Su Majestad Luis XIV, cargo desde el cual manejó a su arbitrio la suerte de los compositores franceses  Marc-Antoine Charpentier, Louis-Nicolas Clérambault y André Campra. El mismo Moliére no pudo estrenar su última obra "El enfermo imaginario" en Versalles a causa de su enemistad con Lully.  Debió conformarse con  el teatro del Palais-Royal en Paris. Charpentier nunca consiguió un puesto en la corte debido a las intrigas de Lully, y se sabe que pudo trabajar con Moliére sólo después que el autor de "Les Femmes Savantes" se peleara con el astuto florentino.

Un caso distinto de las relaciones patrono-laborales de los músicos es el de Haydn. El padre de la sinfonía (aunque este título es discutible) era el Maestro de Capilla del príncipe Nikolaus Esterházy. Normalmente residía junto con sus músicos y sus familias en la ciudad de Eisenstadt, al suroeste de Viena. Durante el verano el príncipe se llevaba a Haydn y la orquesta a su castillo en Esterháza (actual Hungría). Haydn viajaba con su familia, no así el resto de los músicos, quienes dejaban a sus mujeres e hijos todo el verano. Para colmo llevaban todos un buen tiempo sin vacaciones y el príncipe hacía caso omiso de las quejas de los músicos, quienes apelaron a Haydn. Ese año el estío se había prolongado más de lo acostumbrado y Esterházy  hizo permanecer a los músicos en su palacio de Esterháza contra su voluntad. Haydn, quien era bastante bromista, estrenó su Sinfonía N° 45 en Fa # menor, pero en lugar de terminar con el acostumbrado allegro, empezó a sonar un adagio bastante asordinado, algo extraño en la estructura de las sinfonías, y especialmente las de Haydn. Progresivamente los músicos se fueron levantando de sus sillas después de apagar la respectiva vela con que alumbraba su atril hasta que los dos últimos, después de ejecutar su solo, repitieron la operación y se retiraron dejando la escena vacía.  El príncipe entendió la indirecta y los dejó irse de vacaciones. Recuerdo haber visto y escuchado esta Sinfonía de los Adioses en el Aula Magna de la Universidad Central justo en el último concierto de una temporada de la Sinfónica, por supuesto, sin velas, pero largándose los músicos con la mayor seriedad.

En cuanto a Mozart, se sabe que era masón y partidario del progreso, lo que se refleja en el hecho de haber escogido una obra del radical Beaumarchais, como fue Las bodas de Fígaro, en la cual la nobleza queda muy mal parada.  En el Don Giovanni recuerdo particularmente el aria "Ho capito, signor si", donde Masetto expresa la amargura del campesino burlado por el aristócrata; y la frase "viva la libertá!" (en español ¡viva la libertad!) en boca del mismísimo Don Giovanni, lo que constituía una provocación en aquella sociedad de estamentos rígidos, pero que empezaba a presentar fisuras.  No obstante Mozart en su vida personal nunca fue un jacobino y respetó todas las instancias palaciegas, hizo las reverencias y los besamanos de costumbre.
Caso muy diferente es el de Beethoven. Abiertamente partidario de la Revolución Francesa, no respetaba privilegios ni era amigo de rendir pleitesías.  Dedica su Sinfonia N° 3, Eroica a Bonaparte y le retira la dedicatoria cuando se entera de la coronación imperial de Napoleón...aunque sus "Cuadernos de conversación", que el musicólogo J, G. Prodhomme dio a conocer hacia la década de los 50 del siglo pasado, muestran otra realidad. Estos cuadernos, de los que se valía después de declararse su sordera, para entender y hacerse entender, haciendo que sus interlocutores (en este caso inter-escribidores) anotaran sus frases, opiniones o preguntas, y a quienes Beethoven respondía verbalmente, reflejan indirectamente las posibles palabras del compositor.  En un artículo de Alejo Carpentier titulado El Beethoven de cada día y publicado originalmente en su columna "Letra y solfa" del diario El Nacional, el autor muestra fragmentos de estos "Cuadernos" que permiten acceder al pensamiento de Beethoven como si uno escuchara a alguien hablando por teléfono y dedujera lo que el otro está diciendo.  Así, descubrimos que mucho después de la caída de Napoleón y su prisión en Santa Elena, no pone objeción alguna a lo expresado por su amigo Peters en el sentido de que el ex-emperador  "...tenía el sentido del arte y aborrecía las tinieblas... Los hijos de la Revolución y el espíritu de su tiempo exigían un hombre así".
No recuerdo que a partir del Romanticismo hubiera en el siglo XIX esa hegemonía de los gobernantes sobre los músicos.  Es posible que se me escape algo, pero la figura del compositor, así como la del intérprete y la del director de orquesta, se va haciendo bastante independiente de los poderosos, dándose la situación inversa en casos como el de Wagner, en la cual el compositor logra que soberano lo proteja económicamente hasta los límites de la explotación, llegando a causar problemas financieros al reino de Baviera hasta el punto de que los notables de entonces lograron presionar al rey Luis II, verdadero fanático de Wagner, para que le exijiese abandonar Munich.

En el siglo XX se dan dos casos paradigmáticos de la sumisión de un compositor a un gobierno totalitario: Wilhem Furtwängler y Dimitri Shostakovich.



Uno de los juicios de desnazificación más controvertidos fue el seguido al director Wilhem Furtwängler, quizá el más grande intérprete de Beethoven y Brahms.  A pesar de haber entrado en conflicto con el régimen por su oposición a la exclusión de músicos judíos en una carta a Goebbels en 1933, de haber amenazado con renunciar a la dirección de la Ópera de Berlin si se excluía la obra Matías el pintor, de Paul Hindemith, de haber protestado sistemáticamente por la presencia de pendones y banderas nazis en las salas de concierto, así como del saludo nazi, fue acusado de colaborar con el Tercer Reich.  El tribunal que lo juzgó consideró significativo el hecho de que permaneciera en Alemania durante todo el tiempo que duró el mandato de Adolfo Hitler, así como haber dirigido un concierto con motivo del cumpleaños del Führer. El maestro se defendió diciendo que permaneció en Alemania para resistir al omnímodo poder del Estado, preservar la música alemana y de algun modo neutralizar la política nazi contra los judíos, antinazis y artistas: "... Sólo aquí podía luchar por el alma del pueblo alemán.  Afuera, la gente sólo puede protestar y cualquiera hace eso".
Wilhem Furtwängler fue declarado inocente.  No obstante nunca pudo dirigir en los Estados Unidos. Aquí si lo pudo hacer.  Tengo la grabación en vivo de la Sinfonía N° 1 de Brahms interpretada por la Orquesta Sinfónica Venezuela bajo su batuta, en un concierto realizado en Caracas en 1954 en un Festival de Música en la Concha Acústica de Bello Monte (en plena dictadura de Pérez Jiménez).  El solo de violín al final del segundo movimiento es interpretado por Pedro Antonio Ríos Reyna.

El otro músico que se vio en problemas con el poder omnímodo del estado, en este caso un régimen comunista, fue el compositor Dmitri Shostakovich.  Autor de obras sinfónicas de largo aliento y tenso dramatismo no exento de humor, recibió duras críticas, una de ellas publicada en Pravda, órgano oficioso del Partido Comunista.  Como se sabe, al llegar Stalin al poder tras la muerte de Lenin, toda la vanguardia artística abandonó el país o se plegó a la línea oficial del Partido, llamada "Realismo Socialista", cuyos rasgos programáticos consistían en "describir la realidad en su desarrollo revolucionario, por lo que se espera que las obras estén en consonancia con la época", es decir, se conviertan en propaganda. El arte debe ser comprensible por el pueblo, pues está al servicio de la revolución.  Paradójicamente un proyecto revolucionario se torna sumamente retrógrado en materia cultural: los grandes pintores como Chagall o Picasso, comunistas, fueron prohibidos un tiempo en la Unión Soviética.
Shostakovich, fuertemente influenciado por Shoenberg, Alban Berg, Paul Hindemith y el expresionismo occidental en general,  recibe duras acusaciones en 1928 a raíz del estreno de su ópera La nariz, obra basada en un cuento de Gogol que había sido acogida favorablemente por la crítica.  Los dirigentes del Partido Comunista la consideraron burguesa y decadente. En 1936 aparece en Pravda un artículo atribuido al propio Stalin que constituye un auténtico rapapolvo a Shostakovich por sus composición Lady Macbeth de Mtsensk, inspirada en el cuento homónimo de Nikolai Leskov.  En respuesta, el compositor escribió su 5a sinfonía, publicada con el subtítulo: "Réplica de un artista soviético a la crítica justa".  En la postguerra, Shostakovich, junto a Prokofiev y Khachaturian, fueron acusados por el Comité Central del Partido Comunista por sus "tendencias formalistas, burguesas y contrarrevolucionarias"..."detectadas en sus obras" (!). Sólo la muerte de Stalin permitió que  fueran rehabilitados  Los tres pasaron a ser los compositores oficiales, en cierto modo emblemáticos de la Unión Soviética.  Khachaturian llegó a ser diputado del Soviet Supremo, nombrado "Artista del Pueblo de la Unión Soviética" y galardonado con el Premio Lenin.  Shostakovich llegó a tener su carnet del PCUS.  No le fue tan bien a Prokofiev, quien fue víctima de la censura nuevamente en 1948 y tuvo la mala suerte de morirse el mismo día que Stalin.
La canción de los bosques de Shostakovich, sus restantes sinfonías, en especial la 7a (Leningrado), la música incidental de varios films (Hamlet y El Rey Lear, de Kozintsev), ballets y las suites para jazz han tenido un reconocimiento internacional más allá del momento político, pues nunca fueron obras panfletarias sino extraordinarias partituras, aunque en su Concierto para Orquesta,  el compositor húngaro Béla Bartok hace una caricatura del motivo repetitivo u "ostinato" de la Sinfonía N° 7 que, a la manera del Bolero de Ravel, representa la invasión nazi a la Unión Soviética.
Los historiadores han encontrado en la obra de Shostakovich guiños al "lector" (en este caso el auditor), citas entre líneas, que semejan algo así como un eppur si muove de un nuevo Galileo obligado a retractarse.


¿Se puede sacar alguna conclusión de este sumario paseo por la historia de las vidas de algunos músicos? Quizás valga la pena destacar algo: en los gobiernos donde ha reinado la libertad (más o menos, entiéndase) la posición de los músicos, sean compositores o intérpretes, no se ha visto enfrentada a graves dilemas morales o éticos, salvo los que está cualquier ser humano por el sólo hecho de gozar de su libre albedrío.  En la medida en que el gobernante tiende a ser despótico, el artista se va arrinconando ante el dilema de emigrar o plegarse.  En el film de Istvan Szabó "Taking Sides" (Requiem por un imperio), el Dr.  Fürtwängler (Stellan Skarsgörd), con los ojos llenos de lágrimas,  termina confesando a su interrogador, el mayor Steve Arnold (Harvey Keitel):

-"Debí emigrar de Alemania en 1933"  

Y en el mismo film, el coronel soviético Dymshitz (Oleg Tabakov), quien desea sonsacarle a Arnold a Furtwängler para llevárselo a la Unión Soviética, le argumenta:

- "En una dictadura el arte pertenece al Partido.  Si quieres ser director, debes tener una orquesta.  Y sólo puedes tener una orquesta si tienes contactos con el poder"

Parece algo bastante cínico.  Pero, ¿es posible para un músico escaparse de este laberinto?





                                                     REFERENCIAS

 Carpentier, Alejo.  El Beethoven de cada día.  Letra y Solfa.  El Nacional.  Caracas, 29 de abril de 1952.  Selección, prólogo y notas de Alexis Márquez R.  SÍNTESIS DOSMIL.  Caracas, 1975

Coronel, Gustavo. Que vaina con José Antonio Abreu. En: LAS ARMAS DE CORONEL sábado 24 de noviembre de 2012http://lasarmasdecoronel.blogspot.com/2012/11/que-vaina-con-jose-antonio-abreu.html


Revueltas, José.  Los días terrenales.  Edición crítica. ALCA XX EDUSP. p. 390.  En books.google.co.ve/books?isbn=8489666148

San Martín Urabayen, Luis Ma: Notas al programa. http://www.baluarte.com/espec.php?idi=cas&id=885
Wikipedia, la enciclopedia libre.  Entradas referentes a Jean Baptiste Lully, Franz Joseph Haydn, Wolfgang Amadeus Mozart, Ludwig Van Beethoven, Wilhem Furtwängler, Dmitri Shostakovich, Sergéi Prokofiev y Aram Khachaturian.

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sábado, 20 de octubre de 2012

DE ERRORES Y CORRECTORES

El oficio o el hábito hacen destacar comportamientos que de otro modo no hubieran aparecido.
Pero también es cierto que si no hay una tendencia a esa conducta, ni siquiera la obligación de ejercer determinadas funciones se convertirá en un rasgo de la personalidad (aunque Allport hablaba hace tiempo de "autonomía funcional":  puede que estudies una profesión por necesidad y ésta acabe gustándote). Yendo al grano:  el haber desempeñado labores docentes durante años, y el tener que ocuparme de revisar las historias clínicas de los residentes de postgrado, ha contribuído a que esté pendiente de la ortografía y la buena redacción de las mismas.  Pero si yo no tuviera un interés en el lenguaje, la lectura y la escritura, a lo mejor esos aspectos hubieran tenido una importancia mucho menor en lo que corregía o evaluaba  (estoy expresándome en pretérito porque se acerca mi jubilación, pero la conjugación real es presente de indicativo).
El inconveniente está en que esos hábitos se pueden extender a dominios o momentos en que no se está ejerciendo el oficio o profesión.  Es lo que se ha llamado deformación profesional.  Recuerdo el caso de una adolescente sobre la cual teníamos que tomar una decisión en el Servicio 3 del Hospital Psiquiátrico de Caracas, y por tratarse de una menor, invitamos a la juez de menores que había ordenado su hospitalización a que asistiera a la presentación del caso en el postgrado de psiquiatría y psicología clínica.  Claro que ella era la juez de la causa, pero en ese momento no estábamos en el foro y su presencia tenía el carácter de invitada a una reunión médica.  En un momento en que se discutía el diagnóstico y tratamiento de la paciente, los especialistas expresaban sus diferencias de manera acalorada, lo que es compatible con el más puro quehacer de la academia. De pronto la magistrada, dando un golpe con la mano al estrado, gritó: - "¡SILENCIO!", para, acto seguido, llevarse la mano a la boca, y con expresión de miedo y vergüenza, decir: "¡Perdón!", lo que necesariamente despertó las carcajadas del público y de ella misma, al darse cuenta que había confundido momentáneamante el auditorium del hospital con su tribunal. 
Lo mismo le ocurre a cualquiera con su actitud profesional y es algo sobre lo cual hay que estar vigilante para no excederse.

Una vez almorzaba con mi hijo en el desaparecido restaurant "Álvarez", de Veroes a Jesuítas, en aquella casa colonial que estaba frente a lo que hoy es la Casa de Estudio de la Historia de Venezuela de la Fundación Polar. Frente a nosotros se encontraba un conocido escritor, poeta e historiador de Guayana que había publicado recientemente un artículo de una página acerca de las hazañas y fechorías de Sir Walter Raleigh, quien murió decapitado al regresar a Inglaterra.  Terminaba el artículo con la muerte de Raleigh y se refería a su valentía incluso cuando colocó su cabeza bajo el filo de la guillotina...
Cuando leí esa frase no pude dejar de estremecerme:  ¿Cómo era posible que un historiador hubiera cometido semejante error? Si bien es cierto que en algunos países se usó la decapitación mecánica, la guillotina no fue inventada sino más de un siglo después de la muerte de Sir Walter, por obra y gracia del doctor Guillotin, quien ofrendó sus conocimientos y su cabeza a  la Liberté, l'Egalité et la Fraternité en la Révolution Française
Pensé en enviar una carta a El Nacional, donde se había publicado el artículo, por lo demás excelente, pero después desistí. Sin embargo, a pocos metros de mi mesa se encontraba el autor. Ahí estaba. Lo tenía enfrente. Vacilé un poco y le comenté el asunto a Gabriel, quien entonces no tendría ni 15 años.  En un momento en que me dirigía al baño, al regreso me acerqué, me presenté y le comenté al escritor que yo era un lector suyo, que  admiraba su obra de crítico y de historiador (lo que era cierto) y que por eso me extrañaba que hubiera escrito que Raleigh había sido guillotinado.  No sin temor vi cambiar de color su rostro y, después de negar el gazapo y atribuirlo a un error del impresor (lo que yo respaldé inmediatamente) me preguntó mi nombre y de qué me ocupaba.  Le di mi tarjeta, nos estrechamos las manos y yo regresé a mi mesa a terminar de almorzar con Gabriel mientras el poeta hacía lo propio.  Estábamos aún comiendo cuando se levantó  para dirigirse a la salida. Inesperadamente  se regresó y se dirigió a mí, despidiéndose de nuevo mientras  colocaba la mano derecha en posición vertical al lado de la boca y me secreteaba:
- "¡Con un lector como tú, cualquiera puede morir gui-llo-ti-na-do!"
Y salió.
Debo decir que, si bien sentía una cierta satisfacción por mis servicios prestados al idioma y a la Historia, me apenaba haberle hecho pasar ese mal rato al escritor, lo que se veía compensado por su ingeniosa salida al despedirse.
 
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Casi un año después llegué una tarde al consultorio, entonces en la Torre Mayo de San Bernardino, frente al Centro Médico de Caracas. Luzmely, la secretaria, me dice que un mensajero me dejó un paquete.  Lo veo, lo sopeso, y al abrir el envoltorio me encuentro con un enorme y hermosísimo libro, bellamente ilustrado con fotografías, grabados y cuadros referentes a la presencia de Bolívar en Guayana, escrito y publicado por nuestro poeta e historiador de marras, quien había escrito de su puño y letra en la primera página la siguiente dedicatoria:


"Para Franklin Padilla,  decapitador de errores históricos y literarios" 

N.N.


La humildad y la gallardía de este caballero me causaron una gran admiración por él. Le respondí dándole las más efusivas gracias en una breve carta y ocasionalmente tuve noticias suyas, pero no nos volvimos a ver.


Esta anécdota viene a colación por algo que me ocurrió con el blog "Con escapulario ajeno".  El lunes 23 de abril, en plena paranoia colectiva sobre la  enfermedad del Presidente Chávez y su inminente/ improbable muerte, publiqué en ese blog el soneto DESAHUCIO de Job Pim, con el olfato y la certeza de editor de que sería muy leído, lo que efectivamente ocurrió: en poco más de un mes la entrada había sido visitada por 134 personas.
Pues bien, ninguno de esos amables lectores se dio cuenta de un error importante que había en el primer cuarteto del poema del Jobo...hasta que mi amigo y colega Emiro Marcano Maza lo leyó y me lo hizo saber. 
Al principio me puse a la defensiva.  Me dije a mí mismo:

- "¡No puede ser!  "¡Ese soneto lo copié de la edición que su hermana, Cecilia Pimentel publicó en 1958 con la firma de la viuda del autor, Doña María Luisa Vegas de Pimentel, en una edición limitada!" "
-¡Incluso la edición fue revisada por el Padre Barnola, de la Academia de la Lenguaquien escribió el prólogo!"

La mañana siguiente revisé la el libro y todo estaba  escrito correctamente. Voy al blog y veo el error.  Una palabra equivocada en un poema es una catástrofe, y si es un soneto, un asesinato. ¿Qué había ocurrido?  Un simple error mío de tipeo.  A cualquiera le pasa (lo bueno del blog es que siempre se puede corregir y no quedan huellas del crimen ni cuerpo del delito).

(Una digresión.  Pedro Téllez, médico y escritor descalificaba los blogs e Internet precisamente por ese carácter  efímero y provisional, que puede aparecer y desaparecer, algo como fantasmal.
Le repliqué con el Retrato de Antonio Machado:

Yo amo los mundos sutiles
ingrávidos y gentiles
como pompas de jabón

Me dijo que ante semejante argumento, se declaraba vencido en nuestra breve polémica por SMS todo ocurrió entre mensajes de texto).

Continúo por donde iba: decía que lo bueno del blog es que siempre se puede corregir.  Así lo hice.  Retiré el cadáver.  Borré la huellas dactilares y todas las pruebas incriminatorias.
¡Y a ver si alguno de mis desocupados lectores es capaz de leer el soneto y decirme dónde estaba la errata!  Por si alguien lo quiere revisar, haga click en

http://conescapularioajeno.blogspot.com/2012/04/desahuciado.html

Vale la pena leerlo y mejor aún, releerlo.  No sé si fue Caremis (Carlos Eduardo Misle) o Pedro Pablo Barnola, S.J., quien dijo que era un soneto perfecto.

Es posible que ninguno de los 134 lectores me haya escrito nada porque:
  1. Le da pena.
  2. Cree que no sabe meterse en el blog y escribir en "Comentarios".
  3. No me conoce y considera impertinente señalarme el error.
A cualquiera de ellos les recordaría la historia del escritor guayanés narrada anteriormente, y les diría que prestan un servicio al editor del blog, a la memoria del autor del poema (en este caso)  y al idioma.
En otra ocasión, si se percatan de algo semejante, por favor, háganmelo saber.

Ahora bien, los que no vieron el error se quedarán con las ganas.
¡Porque yo no se lo voy a mostrar!




(Fotos: archivo de Gabriel Padilla León)

domingo, 30 de septiembre de 2012

Tiempo de votar

Veo que ya es 30 de septiembre y no he sacado el post o entrada del mes.
Cuando comencé el blog las primeras entradas eran semanales o, a lo sumo, cada 10 días: era la "fiebre" de escribir, la catarsis.  Me dijeron, o mejor dicho, mandaron a decirme :
- "Dile que no vaya tan rápido, que no da tiempo de leer sus artículos."

Empecé a publicarlos mensualmente.  Como en el cuento del cura, el monaguillo y el burro, no faltó quien me dijo:
- "¿Y es que ahora no quieres escribir?"
Otros, los más, han sido generosos y asiduos de la "colcha". Y algunos comentarios, muy bienvenidos y estimulantes,  me han asustado un poco:
-"Tienes un compromiso con tus lectores"...

Pero este mes no sé que me sucede. Tengo en el "refrigerador" los borradores de más de 6 posibles entradas, hasta con sus títulos:
  1. "Bar 31!":  o la visita de Stravinsky cuando mandó parar la orquesta en pleno concierto.
  2. "Un milagro personal de la Madre Teresa de Calcuta".
  3. "Las vidas paralelas de André Malraux y Lawrence de Arabia".
  4.  "¿Doblaje o subtítulos?: el caso de Joan Greenwood".
  5. "Hitchcock el católico".
  6. "2001 Odisea del espacio: La Película".
  7. "Alexis Berrocal y los comienzos del movimiento musical juvenil venezolano".
  8. "Beethoven y Napoleón: una relación mitificada".
  9. "Directores" (de orquesta).
Eso sin contar la selección que estoy haciendo de mis 100 películas preferidas ( "Yo también tengo mi lista"), una posible guía para poder leer el "Ulises" de Joyce y no morir en el intento, un relato sobre la visita que hiciera Pedro Infante a mi casa, otro de los 23 días de enero de 1958 que conmovieron a un chamo que vivía (y contado por un viejo que vive) a dos cuadras y media de Miraflores.  Otra, del mismo narrador sobre sus molestos vecinos (los inquilinos de Miraflores de Gallegos a Chávez).  y otros temas que sobrevuelan mi imaginación y se desvanecen "ingrávidos y gentiles como pompas de jabón".
Pero nada.  No hay manera de sacarlos del congelador. 
En otras ocasiones, me ha pasado que al acercarse el fin de mes, se me impone un relato con absoluta autonomía, casi como un dictado;  ese fue el caso de "La rebelión de los náufragos" y de "Las reglas del juego", sobre el asunto Leopoldo López-Capriles Radonsky, o los muy personales "Juan Pablo II sin artificios" y  "Mensajes en clave".
Pero ya va a terminar septiembre y no logro escribir la crónica del mes.  Y lo que creo que me ocurre es que pienso que no hay tema que pueda interesar más a mí mismo o a mis amigos y lectores, que lo que nos espera la próxima semana. 
¿Una excusa para no escribir?  No lo creo.  Le doy vueltas a éstos y otros temas y no logro sacar de mi cacumen el asunto electoral.  Se me impone.   Esta mañana, cuando salía para misa (hoy es domingo), unas amigas feligresas, con las gorras tricolor, las pancartas y las banderas del candidato de la Unidad Democrática, me preguntaron:

- "¿No va para la concentración?"
- "Voy ahorita para la misa" , me excusé.
- "Muy bien.  Primeramente Dios y luego la Patria"
- "Así es", respondí.

Nunca, desde los años de los comienzos de la democracia, he sido amigo de marchas, concentraciones y mitines.  Si se trataba de participar en una mesa electoral, con mucho gusto.  Dar mi opinión, firmar un manifiesto.  En esta etapa participé en unas reuniones en el diario El Nacional donde se trató de la elaboración de un documento, que supuestamente serviría a la MUD sobre el programa de gobierno para el sector salud.  Presenté una propuesta sobre salud mental que elaboré conjuntamente con  la Dra. Zoraida Ávila.  Este tipo de participación me entusiasma.  Pero no me pidan que vaya a marchas.

De modo que salgo a la iglesia de Las Mercedes, al lado del Ministerio de Educación.  Caracas solitaria.  No se ve ni un alma en los comienzos de la Avenida Panteón. ¿Será que todo el mundo como que se fue para la concentración de Capriles?

Al regreso, después de desayunar y leer la prensa, me quedo en casa todo el día, entre otras cosas, tratando de ver si escribo mi post para el blog.  Pero nada. Las musas se inscribieron en el CNE y como que se fueron también a la marcha.
En la tarde me quedo viendo por televisión la inmensa concentración de Capriles, la multitudinaria manifestación de Capriles, la millonaria concentración de Capriles, la entusiasta concentración de Capriles.
Hombre concreto, de palabras precisas, con propuestas y ofertas puntuales que contrastan con lo que tenemos y de lo que carecemos. ¿Ganará? 
Hablo con mi amigo Carlos Rojas Malpica, quien me llama desde Valencia.  Le digo que, con un optimismo realista, o realismo optimista, si no hacen trampa, Capriles gana.
Recuerdo el comienzo del capítulo 3 del Eclesiastés:

Todo tiene su momento y cada cosa su tiempo desde el cielo:
Su tiempo el nacer, y su tiempo el morir;
su tiempo el plantar, y su tiempo el arrancar lo plantado.
Su tiempo el matar, y su tiempo el sanar;
su tiempo el destruir, y su tiempo el edificar.
Su tiempo el llorar, y su tiempo el reir;
su tiempo el lamentarse, y su tiempo el danzar.
Su tiempo el lanzar piedras, y su tiempo el recogerlas;
su tiempo el abrazarse, y su tiempo el separarse.
Su tiempo el buscar, y su tiempo el perder;
su tiempo el guardar, y su tiempo el gastar.
Su tiempo el rasgar, y su tiempo el coser;
su tiempo el hablar y su tiempo el callar.
Su tiempo el amar, y su tiempo el odiar;
Su tiempo la guerra, y su tiempo la paz.

Me tranquilizo y me digo que no es tiempo de escribir posts para el blog.

Es tiempo de votar.


 

jueves, 23 de agosto de 2012

MEMORIAS DE ADRIANO

                                                                              A Ernestina Salcedo Pisani







Representó para los lectores venezolanos una gran noticia el premio "Biblioteca Breve" otorgado en 1968 a la novela País portátil de Adriano González León por la Editorial Seix Barral de Barcelona, España.  Con ese galardón, teníamos un venezolano en el Olimpo del "boom literario"de la década de los años 60 que lanzó al mundo los nombres de Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Juan Rulfo, Carlos Fuentes y Ernesto Sábato, a cuya lista se sumaron los consagrados Alejo Carpentier, Jorge Luis Borges, Juan Carlos Onetti y Miguel Ángel Asturias, todos promovidos por esa combinación de  explosión colectiva y sabia política editorial que quedó canonizada en el libro Los nuestros, de Luis Harss. Pero Adriano no continuó una producción novelística profusa como lo hicieron, a excepción de Rulfo, sus pares del boom, ni los que se montaron en ese tren o autobús y aprovecharon la colita, como llamamos en Venezuela al auto-stop (la aclaratoria es por si me lee un argentino, para quien la colita es una mala palabra).
Dedicado sobre todo a la docencia universitaria, González León publicaba también una columna semanal en el diario El Nacional. Debo confesar que las veces que lo vi en el cafetín del antiguo Ateneo de Caracas me produjo una impresión desagradable. Me resultaba antipática su figura.  Lo encontraba "sobrado", vanidoso.  Claro que mi apreciación era superficial y probablemente errada: el Adriano que traté años después no calzaba para nada con esa impresión. 
Me gustó mucho País portátil, aunque en ese momento me pareció que obedecía a una moda y a un ritual ya establecido por muchos novelistas influenciados por Faulkner: la técnica de las voces paralelas en tiempos paralelos.  Parece mentira, pero la película de Feo y Llerandi me hizo degustar luego la novela en una segunda lectura:  el cine, como ningún otro arte, se presta para ese trastrueque de tiempos. Para los entendidos debo estar desbarrando, pero como no soy crítico literario y "debajo de mi manto al rey mato", me puedo permitir expresar lo que se me antoje sin andar mirando para los lados a ver qué dicen los demás.
Otra vez me encontré con la obra de Adriano, esta vez televisiva.  Su programa Contratema se presentaba  en la Televisora Nacional o TVN5, que era el canal oficial, pero una emisora verdaderamente cultural con poquísima propaganda gubernamental. Este espacio vino ser el auténtico sucesor de Las cosas más sencillas de Aquiles Nazoa, de la que escribí una reciente entrada en esta bitácora (ver enlace). Con auténtica pasión docente, el escritor dedicaba a veces varios programas para desarrollar un tema que tuviera que ver generalmente con la literatura, aunque también tratara de asuntos relacionados con la historia, pintura o cualquier otra manifestación de la cultura.  Recuerdo especialmente uno que dedicó a la trágica aventura del "Falke", aquél barco en el cual se intentó derrocar la dictadura de Juan Vicente Gómez.  Adriano invitó en uno de esos programas al doctor Manuel Matute, conocedor como pocos de la vida y la obra de José Rafael Pocaterra, quien acompañó a Román Delgado Chalbaud, Rafael Vegas, Doroteo Flores y tántos otros, en esa fracasada invasión que llevó a la muerte o la prisión a sus protagonistas.
Precisamente fue el doctor Matute, por su amistad con Adriano y toda la gente del grupo Sardio y El Techo de la Ballena, movimientos literarios de los sesenta, quien invitó al escritor a dictar una charla en el XIV Congreso Venezolano de Psiquiatría realizado en Cumaná del 12 al 16 de noviembre de 1991
... pero no nos adelantemos...
 
Antes de ese encuentro, que me permitió conocer a González León, ocurrió algo que debo contar para la mejor comprensión de los hechos.
Relata la escritora Ernestina Salcedo Pisani que una mañana (probablemente en 1990, aunque ella no lo precisa) se encontraban reunidos en la Casa Nacional del Escritor, Ramón Palomares, Ramón Ordaz, Caupolicán Ovalles, Luis Camilo Guevara, Elí Galindo, Eleazar León, Carlos Brito y la propia Ernestina.  En un momento de la conversación, la escritora les planteó a los demás contertulios la celebración de un encuentro nacional de escritores con motivo del IV centenario de la muerte de San Juan de la Cruz.  Proponía, además, que este encuentro se realizara en la población de Jajó, estado Trujillo, por el hecho de que se le acababa de otorgar el Premio Nacional de Literatura a Ana Enriqueta Terán, "la excepcional poeta trujillana que supo regresar del 'mundanal ruido' para convivir en aquel paraje con las voces esenciales", para decirlo con sus palabras.  La propuesta fue aceptada por la AEV Zona Metropolitana de Caracas y posteriormente de la Federación de Asociaciones de Escritores de Venezuela.  Se consideró que debían participar las comunidades de Trujillo, Valera y Jajó junto con todas las Asociaciones de Escritores de Venezuela.
A fin de informar a los anfitriones sobre todo lo acordado, Salcedo viajó a Jajó.  Allí Ana Enriqueta Terán propuso que, por tratarse del Cuatricentenario del máximo poeta místico de nuestra lengua, es decir, que San Juan de la Cruz era un poeta y un santo, debía ser la Iglesia la que presidiera la celebración.  Terán propuso que el 23 de junio de 1991 se celebrara una misa solemne en el templo de Jajó, presidida por el obispo de la diócesis de Trujillo, monseñor Vicente Hernández Peña.  Ese día caía en domingo, y prolongando los festejos hasta la medianoche del 24, día de San Juan Bautista y probable fecha del nacimiento del poeta místico, se saludaría el día con una fogata que, además de recordar el solsticio de verano, evocaría la Llama de Amor Viva de San Juan de la Cruz. 
Quedaba un asunto pendiente: "...¿Quién hablaría en la iglesia de Jajó... (continúa Ernestina)...de manera que  el mensaje pudiera llegar a todas las sensibilidades? La respuesta no se hizo esperar:  Adriano González León, hijo de aquellas tierras, sabría aproximar el excelso mundo de San Juan de la Cruz a ese otro 'prado de verduras /de flores esmaltado' en el cuál él actuaría como orador laico.  Así nació el Cántico de Jajó..."  continúa la escritora venezolana en la Introducción ("Punto de partida") al libro El Verbo Iluminado, donde se relatan y se reproducen todos los textos relacionados con este homenaje.

Pero lo que no aparece en este relato de Ernestina me lo contó mi amiga Maricarmen González, religiosa de La Presentación, quien estaba culminando sus estudios de Letras en la UCAB y pudo asistir al Encuentro en Jajó.
En la versión de la hermana Maricarmen (quien  probablemente se enteró por Ernestina Salcedo, tutora de su tesis para ese momento) en cuanto le comunicaron a Adriano la decisión del Comité Organizador del homenaje acerca de su condición de orador de orden, rompió a llorar emocionado, diciendo que él no era digno, que cómo era posible que, un bohemio, como él,  iba a ser el vocero del más grande poeta místico de la lengua castellana y el gran místico de la Iglesia Católica...
Maricarmen lo escuchó, me contó cómo Adriano pudo sintonizar con el espíritu y la letra del gran doctor místico y emocionar no sólo a los poetas y escritores, a la comunidad de Carmelitas Descalzos en sus ramas masculina y femenina, y a los estudiantes de Letras de la UCAB allí presentes, sino también (y sobre todo) a los pobladores de Trujillo, Valera y Jajó, quienes escucharon a este escritor ubicado en espacios no considerados "santos" ni "puros" en una visión superficial de las cosas.  Se repite la historia narrada en los Evangelios: -"Zaqueo, baja pronto, que hoy vengo a hospedarme en tu casa".  El centurión.  Magdalena. El publicano Leví, transformado en el evangelista Mateo...

Volvamos a Cumaná, al XIV Congreso Venezolano de Psiquiatría. La conferencia de clausura se suele adjudicar a una figura de relieve en el campo de la Psiquiatría o en otra disciplina.  Generalmente se dicta después de conocidos los resultados de las elecciones para la nueva Junta Directiva de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría. González León disertó sobre los Poetas Malditos.  Con su gran elocuencia y dotes de docente nos habló acerca de Lautrémont y los Cantos de Maldoror, Mallarmé, Baudelaire. No recuerdo si habló de Aloysius Bertrand, pero me llamó la atención su tratamiento de Rimbaud y de su obra, precoz en su comienzo y en su fin.  Haciendo un largo paréntesis, se refirió a la interpretación que hizo Paul Claudel sobre la conversión de Rimbaud al catolicismo en sus últimos meses, en el sentido de que todas las blasfemias que aparecen en sus textos no eran sino un  intento de acercarse a Dios. Para Claudel la blasfemia sería una especie de invocación en negativo, pues, según él, nadie verdaderamente incrédulo se ocupa de Dios, aunque sea para denigrarlo. Me sorprendió el conocimiento del conferencista sobre los intelectuales católicos franceses y su ácido comentario de que "los católicos franceses son muy inteligentes", como dándole a la interpretación de Claudel el carácter de un astuto argumento que vendría a echar por tierra la versión oficial de que la conversión de Rimbaud fue manipulada por su hermana.
Termina la conferencia y después de cambiarnos nos acercamos a la fiesta de clausura, que  tenía lugar en el mismo hotel donde transcurrió el congreso (el "Cumanagoto").
Adriano estaba sentado en una mesa hablando con otras personas. Me le acerqué y le hice mención de la hermana Maricarmen, el homenaje a San Juan de la Cruz y el Cántico de Jajó, sin decirle, por supuesto, nada acerca del chisme acerca de su emotivo comentario cuando lo designaron orador de orden. Como si hubiera tenido un resorte en la silla, se levantó bruscamente y se le humedecieron los ojos mientras me repetía literalmente lo que me había contado Maricarmen. Se despide de sus contertulios de mesa y me pregunta si se puede sentar conmigo. Por supuesto, todo un honor que nos acompañe.
Ya ubicados en la mesa, con pura gente del Hospital Psiquiátrico de Caracas, especialistas y residentes. Adriano continúa, eufórico, el relato:

- "¡Me tocó hablar al terminar la misa, pero mira qué cosa:  el obispo, cuando se le dijo que yo iba a hablar, dijo:  "Como no, que hable en el templo, pero eso sí...¡que sea después que yo dé la bendicion!",,,como diciendo: "¡yo no me hago responsable de lo que ese carajo diga o haga...que sea después de la misa!"
 Después de reirse a carcajadas de la salida del obispo, añade:

-"¿Y quieres que te diga algo? Pues que el obispo tenía toda la razón: ¿qué sabía él de lo que yo pudiera decir;  yo, un tipo que ha sido comunista, bebedor y libertino?"

Pasamos toda la fiesta hablando de literatura y de mística y hacía chistes sobre las estudiantes de la UCAB que fueron a Jajó no tanto por San Juan de la Cruz como para ver a los novicios. Luego intercambiamos teléfonos y quedamos en vernos.

Pasó algún tiempo sin que nos reencontráramos.  En 1993 me encargué de los postgrados del hospital.  Una de las actividades que me propuse fomentar fue la inclusión de un invitado especial al mes, preferiblemente de otras profesiones o discipinas, que les transmitiera a los residentes otra visión de la realidad diferente al discurso psiquiátrico o psicológico. En este cometido fue invalorable desde el inicio la colaboración de Manuel Matute, gracias a quien pude contactar a Rafael Cadenas, Rodolfo Izaguirre, Francisco Salazar Martínez y al mismo Adriano, con quien se encontraba frecuentemente en un restaurant llamado La Paragua, en la avenida Río de Janeiro. De modo que un miércoles, con el salón de conferencias lleno hasta el tope, se refirió a "La escritura como fenómeno interior".  Paradójicamente, después de haber criticado lúcidamente la nefasta influencia que se estaba produciendo en el lenguaje por el mal uso de la tecnología, en el momento de finalizar su charla, como si un genio maléfico lo estuviera acechando, sonó estrepitosamente su enorme teléfono celular y Adriano, que no era muy veterano con el recién aparecido implemento, comenzó a hablar en alta voz y la charla terminó como los joropos, es decir, de repente.
Poco después comenzó el Mundial de Fútbol  1994 en Estados Unidos. Rebeca Weston, profesora del postgrado, me invitó a ver uno de los partidos en su casa y me pidió que llevara a Adriano, quien se encontraba en una fase de desintoxicación y cargaba sus propias cervezas sin alcohol, que tomaba disciplinadamente.  Al finalizar el juego, él me pidió que lo llevara a un apartamento en Las Mercedes donde tenía un depósito de libros, tomó dos ejemplares diferentes y los colocó bajo el brazo. De allí fuimos a un local cercano donde él siguió tomando sus cervezas sin alcohol y me leyó un fragmento de uno de los libros, el titulado Del rayo y la lluvia, un capítulo llamado Tío, que casi no pudo terminar porque se le hizo un nudo en la garganta.  El otro libro, más bien unos fascículos bellamente ilustrados era nada menos que el Cántico de Jajó, el mismo discurso que pronunció cuando el homenaje a San Juan de la Cruz.  Escribió sendas dedicatorias y me los entregó.  Vacilo en mostrar a mis lectores el texto de ellas, porque me puedo terminar creyendo lo que allí dice y porque puede parecer un tantico vanidoso de mi parte. Pero se trató de una manifestación tan grande de cariño, que ocultarla sería ingratitud.

En El rayo y la lluvia escribió:
-"Estos rayos y estas lluvias son para Franklin Padilla porque él solo es toda una tempestad del espíritu".

En el Cántico de Jajó anotó:
-"Para Franklin Padilla, quien se la pasa buscando a Dios por las noches".

El año siguiente (1995) asistí al bautizo, creo que en la Galería Durban, de su segunda novela Viejo, precedida de una presentación hecha por Alfonso Montilla, y seguida por un generoso brindis. Casi no hablamos, pues él era la celebridad y me limité a comprar mi ejemplar y hacer mi cola para que lo autografiara para mi hijo. 
De nuevo transcurrieron algunos años sin que nos viéramos. Una vez más Manuel Matute es el vínculo que nos aproxima.  Junto con Pedro Luis Ponce Ducharne, dicta una conferencia en la Sociedad Venezolana de Psiquiatría sobre la enfermedad que aquejó al compositor George Gershwin en sus últimos días. Adriano va como público y se sienta a mi lado, criticando, con su acento trujillano, a Manuel, por pronunciar "Chaplín", como palabra aguda: 
- " Eso es una vaina de la gente de antes, pronunciar a la francesa como Chaplín, Mozárt... además, si lo va a decir en francés, que pronuncie Chaplán" .

En 2005 David Alizo publica Safo De Mil Amores.  Con Manuel Matute a la cabeza, salimos del hospital Graciela Lucca, Pedro Téllez Jr., Juan Soto Sédek y yo a la Galería Durban, donde se bautizará el libro. La presentación corre a cargo de Adriano. Al verme me dice en tono de reclamo:

- "¿Y así es como usted trata a los amigos?  Más nunca usted me ha buscado ni me ha invitado para hablarle a su gente". 

Me sorprende su manifiesto disgusto y es la primera vez que un conferencista me reclama porque no lo haya invitado (generalmente soy yo quien anda detrás de los conferencistas). Ahora, escribiendo este relato y sacando cuentas, me percato de que habían transcurrido más de diez años desde su visita al hospital, el regalo del Cántico de Jajó  y la lectura de Tío, sin contar la vez que me envió a través de Matute el ejemplar de El Verbo Iluminado que mencioné al comienzo de esta crónica.   Ciertamente, él había sido sumamente afectuoso y yo, sin proponérmelo, me había mostrado indiferente y displicente. Me disculpé y le prometí que lo iba a incluir en la programación del postgrado.

La invitación no se pudo materializar enseguida. La programación ya había sido hecha y no había espacio en el calendario para los próximos meses.  Sin entender por qué, la via Matute-Adriano no funcionó. Aparentemente Manuel Matute no lo pudo localizar  y decidí llamarlo por teléfono. Cuando le hago la invitación me responde ásperamente que "iba saliendo de viaje". No me queda sino desearle muy buen viaje y despedirme de él.  Casi en seguida me llama Manuel, muerto de risa, y me pregunta qué le dije a Adriano.  Se lo cuento y él, riéndose más aún, me comenta que lo del viaje no era verdad, se trataba de una malcriadez de Adriano, quien a lo mejor se quería hacer rogar y al ver que yo me despedía tan frescamente, se quedó estupefacto: le había salido mal la malcriadez.  Yo sinceramente no me di cuenta de nada. No me gustó su forma de atenderme, pero creí que realmente se iba de viaje.  Mi respuesta lo hace reir más aún, risa extensiva a David Alizo, quien me detiene en un acto en el Auditorium de la Escuela de Medicina Vargas para comentarme cómo Adriano se dió un autogol.  Al poco rato aparece Adriano y se dirige a mí en un tono humilde y contrito, pidiéndome disculpas "por su grosería" y renovando su deseo de ir al hospital.

Meses después me enteré de su apacible y súbita muerte en la barra del "Amazonia Grill", sobre el hombro de uno de los parroquianos que estaba sentado a su lado.  El vecino de la barra creyó que Adriano se había quedado dormido.