Retazos de temas que me han interesado alguna vez, experiencias vividas, recuerdos, libros leídos, textos perdidos y rescatados, films que han dejado una impronta en mi memoria, pero también proyectos no realizados o postergados...







martes, 18 de diciembre de 2012

ALEXIS

                                                                                                    A Beatriz Blanco



Todo comenzó con una invitación. Un compañero de medicina, de apellido Albujas, quien era hijo de la directora del Liceo Santiago Key Ayala, nos dijo: "¿Quieren formar parte de un coro para cantar aguinaldos?" Nos explicó que no se trataba de un conjuntico cualquiera, sino de un grupo musical de gente seria, donde había incluso una orquesta. 
Yo admiraba desde antes los aguinaldos y villancicos venezolanos recopilados y armonizados por Vicente Emilio Sojo, con quien aún no había empezado a estudiar, y ésta era una oportunidad de cantarlos en Navidad.
De modo que me aparecí en el Liceo. Antes de comenzar con los aguinaldos me acerqué a observar el ensayo de la orquesta. No puedo precisar si se trataba de Vivaldi o Corelli pero sí disfruté apreciando al director, amable y sudoroso, hacer las observaciones y repeticiones pertinentes. Aunque era estudiante de tercero o cuarto año en la Escuela de Música "José Ángel Lamas"  nunca había participado en una orquesta estudiantil de cámara o sinfónica, entre otras cosas porque no conocía de la existencia de ninguna; además, mis conocimientos y habilidades como intérprete se reducían a los escasos dos años de piano que cursé privadamente con el presbítero Jesús Calderón en el Liceo "San José" de Los Teques a cargo de los padres salesianos y si acaso uno o dos años de trompeta en el Conservatorio con el maestro Rafael Demóstenes Puche. La música académica la conocía por grabaciones o como público en los conciertos pero jamás había asistido a un ensayo.  Aunque en realidad eso no era totalmente cierto: en Los Teques había podido presenciar los de Primo Casale con una ópera del padre Calderón. En un descanso había conversado con el maestro Puche y visto y oído ejecutar la trompeta muy cerca de su atril.  En aquel momento no sospechaba que él sería mi profesor en  la "Lamas".
Decía, pues, que estaba admirado viendo al director, un hombre de color aceitunado, con una calvicie incipiente, bigotes a lo Arturo de Córdova y acento para mí irreconocible, mezcla de andino con costeño, cuyo nombre no había escuchado nunca ni visto en las letras de molde de la prensa. Pero me sentí muy cercano al quehacer de ese director, además de que literalmente me había colocado muy cerca del podio. No me daba cuenta de la mirada de un sujeto de lentes con gruesa montura negra que me escudriñaba con curiosidad. Oía la música y miraba al director, casi en contrapicado, pues estaba colocado debajo y a la izquierda de él, muy cerca del concertino, que era, para mi sorpresa, Eladio Larez, quien ya comenzaba a ser conocido como animador en la televisión.

Al terminar el ensayo con la orquesta me ubiqué entre los coristas.  Pero debo haberme saltado algún canal regular, pues el sujeto de lentes con montura gruesa que me había estado observando  dijo en voz alta, delante de todos:
- "¡El señor de la chaqueta marrón, que se identifique o se retire!".
Yo vestía en efecto una chaqueta de cuero. Y no me gustó el tono y la manera como se expresó, de modo que no me identifiqué sino que me retiré bastante molesto, y juré que no volvería jamás a ese lugar.

Pasaron  dos o tres años. Un mediodía cuando atravesaba el pasillo mientras me dirigía a la clase de armonía con el maestro Sojo al pasar frente a un salón a mi derecha con la puerta abierta volví a ver al director de los bigotes de galán del cine mexicano sentado ante una mesa al lado de Teresita Jiménez, una maestra del Grupo Escolar "Agustín Aveledo" en Gato Negro, Catia, y otra dama de lentes que después supe se trataba de la oboísta Isabelita Hernández. El director de orquesta me hizo un saludo cordial con la mano, algo que me extrañó pues no pensé que me recordara.
Al salir de la clase de Sojo Teresita me preguntó si quería asistir a unos ensayos como parte de la orquesta pues necesitaban un trompetista. Ya para entonces tendría unos cuatro años con el maestro Puche. Yo no estaba muy entusiasmado con participar en el asunto dados los antecedentes del la noche del ensayo de aguinaldos. Me aclararon que este era "un nuevo grupo que se estaba formando" diferente del otro, llamado Asociación Mozart.  Éste aún no tenía nombre. Me dijeron que los ensayos eran en la Escuela Popular de Música en la parroquia Altagracia, más exactamente de Truco a Caja de Agua, cerca de la recién inaugurada Avenida Baralt.

Me acerqué al ensayo un sábado por la tarde portando mi trompeta "King Liberty". Teresita me dijo que el director de la orquesta se llamaba Alexis Berrocal.  En un descanso se acercó y mientras se secaba el sudor de la nuca con un pañuelo en la mano izquierda estrechó su derecha con la mía mientras sonreía diáfanamente.  Pude verlo de cerca: mirada serena, cara más bien redonda, labios delgados bajo el mencionado bigote, zapatos color crema y franela negra tipo "chemise". Un aspecto totalmente caribeño. Sumamente amable y ceremonioso en el saludo. El acento me seguía desconcertando.  Después Teresita me aclaró que era costarricense.
Los ensayos que primero recuerdo fueron la Sinfonía de los juguetes, atribuida falsamente a Haydn por mucho tiempo, luego a Leopoldo Mozart, el padre de Wolfgang Amadeus, y últimamente a un monje benedictino llamado Edmund Angerer. Esta obra la disfruté como público neófito pues en ella no tenía nada que hacer como trompetista. Me maravillaba cómo se podía lograr una belleza tan sencilla con una orquestación mínima y utilizando juguetes como una trompeta de juguete, un tambor de hojalata, unos silbatos que producen el sonido de un cu-cú y de un ruiseñor, una matraca y un triángulo.  Allegro- Minuetto-Finale.
Me entregaron mi parte de trompeta para la Sinfonía Clásica de Prokofiev que no tuve que estudiar mucho, pues se trataba del tercer movimiento, Gavotta: Non troppo allegro,  en el cual la trompeta con sordina tiene pocas y breves intervenciones.
Fue la primera vez que me senté frente al atril de una orquesta. Berrocal dirigía con suma claridad, con movimientos amplios y precisos de ambos brazos y gestualidad también explícita acompañada de comentarios en su acento que ahora sabía que era tico, con gracia y amabilidad.  Nada de histrionismo, de gestos desmelenados, o de palabras altisonantes. Siempre cortés: "por favor"..."tengan la bondad"..."un momentico, los violines".
La mayoría de los músicos éramos jóvenes. Los adultos eran el concertino, un suizo de apellido Meyer y otro húngaro, el señor Suddarth (no estoy seguro de si está bien escrito) ambos inmigrantes que tenían en su vida ordinaria otras profesiones y oficios.  El resto estaba formado casi totalmente por estudiantes de la Escuela de Música José Ángel Lamas y algunos de la Juan Manuel Olivares.  Muchachos y muchachas, estudiantes de bachillerato y algunos, como Manuel Antonio Ortiz, este servidor y otros, de la universidad.  Había algunos veteranos entre las maderas (oboe y clarinete) curtidos en bandas como la de la Policía o de la Guardia Nacional.
La otra obra a ensayar era el oratorio Misterio de Navidad de Antonio Lauro. Me tuve que llevar la partitura a mi casa para estudiarla aunque también la parte de la trompeta era breve, pero para mí, difícil. Esta obra, con texto  de Manuel Alfredo Rodríguez para narrador, soprano, mezzo, tenor, coro y orquesta, había sido interpretada dos veces desde su estreno en 1952 en el Teatro Municipal bajo la dirección del autor, con la participación de Andrés Peinado (narrador), Carmen Liendo (soprano), Morella Muñoz (mezzo) y Teo Capriles (tenor).  En esta ocasión los solistas eran Yazmira Ruiz, Teresita Jiménez  y Elio Malfatti. El narrador era un joven actor de cuyo nombre, lamentablemente no logro acordarme.  Es conocidísimo el final del Misterio, pues consiste en el aguinaldo El ángel tuvo razón, seguido de unos acordes que me recuerdan el final de El Pájaro de fuego de Stravinsky. Las tres obras se interpretaron  en un concierto navideño en un teatro que quedaba en la esquina de Pajaritos. Para ese entonces, el grupo tenía ya un nombre: Agrupación Pro Música.

Además de las mencionadas había otra mujer en el equipo organizativo y coordinador de la Agrupación.  La recuerdo menuda, de cabello negro y ojos verdes. Era sumamente discreta y tenía una bella voz que nunca trataba de hacer sobresalir: es decir, la voz perfecta para un coro. Se llamaba Raiza Ruiz. Era hermana de la soprano Yasmira, creo que era divorciada y tenía dos niños, varón y hembra.  Muchos años después de su muerte, su ahijada y sobrina Zaira Ruiz me reveló que el niño se llamaba Emilio Lovera, cuya trayectoria como humorista actualmente es conocida por todos los venezolanos.  En casa de Raiza se guardaban partituras, atriles  e instrumentos. Casi todas esas damas tenían una relación estrecha con el magisterio: a Teresita la había conocido años atrás en la preparación de un acto cultural cuando yo estudiaba quinto año de bachillerato y no nos habíamos vuelto a ver. Formaban una especie de guardia de corps alrededor de Alexis, quien se desentendía de todo lo organizativo para ocuparse de la dirección musical.




Mencioné la cordialidad de Alexis Berrocal como uno de sus rasgos sobresalientes. Esta amabilidad, para nada rígida ni empacada, iba acompañada por su sentido del humor que se traslucía en una facilidad para contar chistes con increíble eficacia. Esa gracia, con ese acento suyo, mezcla de andino y costeño, lo hacía el centro de las reuniones al finalizar los ensayos. Yo cursaba paralelamente los últimos años de medicina  en la universidad y comenzaba los de composición con Vicente Emilio Sojo en el conservatorio. Alexis tenía una estupenda capacidad de imitación, y me contaba, escenificando la anécdota con los gestos, las dificultades de los músicos (él era cornista de la Orquesta Sinfónica Venezuela) para seguir los tiempos cuando Sojo dirigía, pues no marcaba con claridad el primero, deslizando la mano hacia abajo sin que se viera claro el momento de entrar por parte del músico. Es difícil explicar ésto, pero lo intentaré: el director generalmente hace con el brazo derecho un gesto ascendente inicial en el tiempo débil anterior (arsis) que le sirve de aviso a los músicos para inmediatamente comenzar a tocar, en el mismo momento en que aquél lo baje en el fuerte (tesis).  En lugar de tomar el impulso ascendente y bajar el brazo derecho marcando el tiempo fuerte, Sojo lo hacía lentamente, mostrando la palma de la mano y dejando en el limbo a los ejecutantes, quienes no sabían cuándo entrar, lo que generaba una gran confusión. Lo cierto es que Alexis imitaba el gesto de Sojo con indecible comicidad, atusándose el bigote con la mano izquierda mientras con la derecha desorientaba a los imaginarios músicos.
Era Berrocal un coleccionista de anécdotas de Sojo, y él fue quien me contó la del incidente con la batuta de oro con la que Pérez Jiménez lo condecoró, mencionada en la quinta entrada de esta bitácora el 25 de junio de 2011 [Enlace]



Además de estos momentos compartidos con los compañeros de la orquesta o del coro había los de la intimidad, en los que me relataba detalles de su vida.  Me contó que había venido a Venezuela en calidad de trompetista, acompañando a la bailarina Yolanda Montez (o Montes) Farrington, mejor conocida como Tongolele.  Después de residenciarse aquí y ganarse el pan en diversas orquestas de baile, concursó en la OSV y quedó como intérprete del corno o trompa, su instrumento original.  Me hablaba de su infancia y de su Costa Rica con ternura y cariño y me comentaba la satisfacción que tuvo en Venezuela al conocer y saludar después de un concierto a nuestra Primera Dama de entonces, Doña Carmen Valverde de Betancourt, quien como se sabe, era de origen costarricense.

Con esto de la memoria de evocación (la de hechos remotos) se dice que se conserva con la edad a la inversa de la de fijación (inmediata); pero esta afirmación tiene sus matices.  Leí en alguna parte una afirmación de García Márquez en el sentido de que todas las "memorias" que se han escrito y se escribirán no presentan la realidad tal como fue sino tal como se la recuerda, casi siempre adornada o embellecida, parcial, fragmentaria y de variable nitidez. En feliz expresión de Carlos Fuentes, son "memorias de la memoria".
Estos recuerdos que voy relatando no escapan a esta afirmación del Gabo. Por ejemplo, me es difícil precisar si la mudanza para la "Miguel Antonio Caro" ocurrió antes o después del concierto sacro.  Tengo la imagen del coro ensayando el Kyrie de la Misa en Re de Lamas en el auditorio de la mencionada Escuela Normal, la entrada de las contraltos en el segundo verso de la oración: Christe eléison (Cristo, ten piedad) sorprendentemente allegro o allegretto, para seguidamente dar cabida a los tenores y bajos haciendo nuestra entrada: esto lo repetía Berrocal una y otra vez hasta que el fragmento saliera como él lo indicaba. Pero la dificultad estriba en que, si para esa fecha yo formaba parte del coro y no de la orquesta, no es menos cierto que participé como trompetista durante la ejecución de un fragmento del Requiem de Mozart que acompañó a la obra de José Ángel Lamas.  De modo que ante este problema mitad psicológico, mitad kantiano (¿cómo son las cosas en sí, prescindiendo del sujeto que las recuerda?) me transo por una solución pragmática e hipotética: pudo ser que el concierto de Pajaritos, con el fragmento del Requiem haya sido antes y el mencionado ensayo después, con lo que queda provisionalmente zanjada la cuestión epistemológica en pro de seguir el relato.






Ahora se trataba de montar el Requiem en Re menor, K.  626 de Wolfgang Amadeus Mozart.
La decisión se anunció en una fiestecita que tuvimos en la hermosa casa del Sr. Meyer, el concertino de la orquesta, mientras celebrábamos el éxito de la última presentación. Una grabación Deutsche Grammophon  de Karajan o de Jochum circuló entre nuestras manos y muchos nos sentamos con Alexis a escucharla.Todos sabíamos que se trataba de un gran reto. No sólo la envergadura de la obra en cuanto a dificultades técnicas, sino a la duración de la misma, nos hacía ver que entrábamos en un terreno diferente a lo que habíamos hecho hasta ahora:  recuérdese que se trataba de un grupo mayoritariamente formado por estudiantes de música. Había que buscar refuerzos, no sólo para la orquesta, sino para el coro. Nos dedicamos, cual militantes políticos o religiosos, a reclutar gente.  Recuerdo que llevé, entre otros, a un catalán, violinista de una antigua orquesta bailable, así como a unas alumnas de Primo Casale de armonía complementaria en el conservatorio de Santa Capilla, quienes no tenían ninguna experiencia en canto coral  y a un compañero de medicina que había estudiado violín:  todos desertaron.  Como decimos aquí: "no aguantó la mecha". 
Era imprescindible que las personas "enroladas" tuvieran un mínimo de conocimientos de solfeo, aunque la mayoría de los veteranos tuviesen, como tenían, un maravilloso oído musical que les permitiese memorizar cualquier partitura. Para esta ocasión Alexis me pidió que dejara la orquesta y trabajara con el coro, tanto para reforzar a los tenores como para ayudar a aprenderla a los coristas que no leían música con mucha rapidez.   Los solistas no habían comenzado a ensayar con nosotros con la excepción de la soprano Yasmira Ruiz, quien formaba parte (y muy comprometida) con la agrupación. De modo que algunas entradas de los solos las hacíamos provisionalmente nosotros mismos. 

Entretanto la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación conjuntamente con la Embajada de los Estados Unidos había organizado un encuentro o seminario de estudiantes de música que se llevaría a cabo en la Ciudad Vacacional Los Caracas, en el litoral del entonces Departamento Vargas (hoy Estado Vargas). Invitaron a las diferentes instituciones y agrupaciones: las escuelas de música, las orquestas estudiantiles y las asociaciones como la nuestra. Yo asistí en representación de  la Lamas, conjuntamente con tres compañeros más.
Para aclararlo de una vez por todas: siempre que menciono "La Lamas" me estoy refiriendo a la Escuela de Música José Ángel Lamas, antiguamente denominada Escuela Superior de Música a diferencia de la Escuela Preparatoria de Música, que pasó a llamarse Escuela de Música Juan Manuel Olivares. En otros momentos se habla de aquella como  Conservatorio de Santa Capilla por la esquina donde está situada, que por cierto, se llamaba originalmente San Mauricio.
Alexis, Isabelita y no recuerdo si Raiza y Teresita fueron a Los Caracas por la Pro Música. Aunque era un encuentro de jóvenes, no era excluyente: además de Alexis y las mencionadas, estaban figuras prominentes y consagradas. Recuerdo la entusiasta participación de la pianista Harriet Serr, del compositor Alfredo Del Mónaco y del clavecinista Abraham Abreu en un taller sobre música electrónica que dictó un conferencista estadounidense.También estaban Alberto Grau y José Antonio Abreu, quien era ya un economista destacado y cursante avanzado de composición y órgano en la José Ángel Lamas
A José Antonio lo conocía del conservatorio: siempre vestía formalmente de flux y corbata.  Era profesor de Teoría Económica I  y II en la Universidad Católica Andrés Bello. La primera vez que nos tratamos fue justo en la puerta del conservatorio cuando en medio de una conversación sobre Bach con Evencio Castellanos, nos pusimos a solfear la Tocata y fuga en Re menor... bueno, yo empecé a solfearla un poco en broma y Abreu siguió hasta donde se puede seguir la Fuga
En el seminario de Los Caracas desayunábamos por cortesía de la embajada americana (¡ham and eggs +  Pepsi-Cola en lugar de café!) y mientras caminábamos en la sobremesa por una de las calles de Los Caracas me empezó a hablar de un proyecto que tenía en mientes en relación a la educación musical. Había que masificarla; había que dar a conocer más la música escrita para los metales (recuérdese que yo era trompetista) formando brass ensembles o brass choirs  (conjuntos o coros de instrumentos de metal); había que multiplicar las escuelas de música y modernizar los métodos de enseñanza. Era una auténtica prédica que me sonaba descomunal e irrealizable. No tenía idea de lo que Abreu era capaz.
Directiva de la OSV ¿196-? El segundo a la derecha es Alexis
Alexis asistió a todas las actividades. Cuando había tiempo entre las comidas  nos reuníamos a comentar acerca de las conferencias. En las noches nos sentábamos en los quicios de las casas o en las aceras a echar cuentos, arte en el cual Alexis se destacaba.  Reíamos a carcajadas con sus ocurrencias, no sólo los de la Pro-Música,  y la Lamas, sino también los de la Olivares como Alberto Grau y su esposa, un profesor de apellido Fernaud, y por supuesto, nosotros.
Además de las actividades teóricas se hicieron ensayos uniendo a cursantes de las distintas escuelas de música.  El músico y odontólogo René Rojas ensayaba con estudiantes de música entre los cuales muchos pertenecían a la Orquesta de Cámara de la Universidad Central.
También asistieron al congreso  los miembros de la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Illinois,  quienes participaban en las actividades y además nos dieron un concierto donde interpretaron la Bachianas Brasileiras N° 3 de Heitor Villa-Lobos. El ver a aquellos muchachos y muchachas, estudiantes universitarios que no iban a seguir en su mayoría la carrera musical, me llamó mucho la atención. Días después del evento me encontré con  tres de ellos a la salida de una clase de Medicina Tropical en la Ciudad Universitaria, y los paseé por el Rectorado, la Plaza Cubierta y el Aula Magna tratando de mostrarles la obra de Villanueva en mi mal inglés.
El plato fuerte del evento de Los Caracas fue la presencia del Quinteto Contrapunto. Ya habían salido dos de sus discos, y no sé si se habrían presentado antes en algún acto público, pero esa noche, al terminar Rafael Suárez, Jesús Sevillano, Domingo Mendoza, Marina Auristela Guánchez y Gloris López (¿o estaba lo mismísima Morella Muñoz?) de interpretar esa  reconstrucción de una obra folklórica en la tradición que desde el Discantus y el Fabordon hasta Bach y Palestrina nos legó la Escuela de Santa Capilla gracias a la obra y la enseñanza de Vicente Emilio Sojo en esa primera pieza de su repertorio llamada La puerca, el Auditorium de Los Caracas estalló en gritos, aplausos y ovaciones de pie de todo el mundo, entre los cuales los gringos de la Orquesta de Illinois no eran los menos entusiastas. Sevillano, Suárez y Mendoza sonreían satisfechos, ellos con la camisa por fuera, las mujeres casi sin maquillar, en un atuendo totalmente playero. Quizá después de haber escuchado la Cantata Criolla de Estévez no experimentaba una emoción igual...

Continuaron los ensayos del Requiem. Ya en los finales, antes de los ensayos generales con el refuerzo de los profesores de la OSV, empezamos a trabajar con los solistas: Virgilio Ruiz (tenor)   Antonio Lauro (bajo),Yasmira Ruiz (soprano), Aurora Cipriani (contralto).  Al respecto, el Profesor Juan Marcelo Hernández, docente universitario y actualmente productor del programa de tangos Corrientes y Esmeralda en la Emisora Cultural 97.7 FM,  me contaba que en  Buenos Aires, donde consigue material y afina el estro para su programa semanal, no le creían que hubiera conocido personalmente a Antonio Lauro y mucho menos que éste hubiera aceptado participar como uno más en el montaje que del Requiem hacía este grupo de jóvenes de todas las edades en la Escuela Normal Miguel Antonio Caro.  Desconocen los porteños no sólo el talante humano y sencillo del compositor y guitarrista bolivarense, sino el zeitgeist de la Venezuela de ese momento y especialmente la clase de músicos que se formaron a la sombra de Sojo y los Plaza.

Conservé durante muchos años aquél programa de portada negra con una silueta roja de Pan que suena su flauta, en realidad un diaulos, o aulos doble, especie de oboe de la antigua Grecia.  El tiempo lo hizo desaparecer, pero recuerdo los agradecimientos a tres figuras que tuvieron un papel destacado por el apoyo que dieron a su presentación en el Teatro Municipal: Salvador Itriago ( tío del médico con el mismo nombre) Eduardo Lira Espejo, crítico de arte y Lorenzo Batallán, Jefe de la Página de Arte de El Nacional.
Como se sabe, Mozart murió sin haber terminado de escribir el Requiem, que él sospechaba lo componía para su propio funeral.  De modo que le hizo indicaciones a su discípulo Franz Xaver Süssmayr para que lo concluyera (y no a Salieri, como el mordaz Milos Forman muestra en el film Amadeus). De modo que al terminar la secuencia, con el Lacrimosa, todo lo que sigue es parcial o totalmente del alumno. Pero hay tal compenetración entre los dos músicos que es difícil notar cuándo es la música de uno y cuándo la de otro. Yo personalmente no tengo ningún interés en averiguarlo, pues el único Requiem que me interesa es el que montó Alexis Berrocal aquella noche en el Municipal. Retengo la figura de Alexis cuando nos daba las entradas o nos hacía un gesto de satisfacción al finalizar el Amen después de la fuga del Cum Sanctis (idéntica a la del Kyrie, por tanto cien por ciento Mozart),  elevado sobre sí mismo, más allá de sí mismo, más allá de su ilimitada capacidad de entrega.




Una tarde, después de uno de los ensayos que siguieron al Requiem, se me acercó Alexis a pedirme un favor: no tenía culminada su primaria y quería sacar el certificado de sexto grado.  Estaba saliendo bien en los exámenes, pero tenía algunos problemitas con las matemáticas y quería que yo le diera unas clasecitas. Me presenté en su casa yo, uno de las personas menos recomendables para dar clases de matemática, a ayudar a este amigo que me pedía este favor casi con vergüenza, como si estuviera haciendo algo prohibido.  Su señora me abrió la puerta y en un pequeño pizarrón lo ayudé a comprender aquella aritmética que se le hacía difícil. No sé si pudo sacar el certificado, pero al finalizar cada clase se despedía de lo más ilusionado.
Además de hacerme profesor de matemática, Alexis logró conmigo otra hazaña:  llevarme a un juego de béisbol una noche en el Estadio Universitario. Siempre digo que soy fanático del Caracas, pero realmente eso es pura retórica. Por muchos y honestos intentos que he hecho por entusiasmarme con la pelota, jamás he podido ver una temporada completa. Si acaso un partido. No vienen al caso las razones, si las hay. Lo cierto es que me fui con Alexis, y el hecho de que no jugara ninguno de nuestros equipos favoritos facilitó la tertulia. Con las cervezas en la mano, hablamos de muchos temas: de la confrontación chino-soviética y la ruptura de Cuba con los chinos, de la política nacional, cosa que no hacía nunca por su condición de extranjero (no recuerdo si estaba naturalizado). Me preguntó sobre mi futuro profesional.  Le conté acerca de mis angustias y dudas ahora que se me acercaba la graduación de médico.  La música me atraía sobremanera y de poder culminaría las dos carreras.  Pero con la medicina tan absorbente, era difícil compartirla. Y no me interesaba tener la música como hobby, que era lo que todos me recomendaban. Si seguía con la música, era para ser músico.  Pero ¿qué hacer con la medicina? Nadie me había obligado a estudiarla. Mi familia respetaría mi decisión, fuera la que fuera. Alexis, quien valoraba como pocos mis cualidades musicales, me dijo, no obstante:


- "Mira, Franklincito, yo lo único que te puedo decir es una cosa:  es mejor que mañana digan de tí que eres un médico a quien le gusta la música y no un músico a quien le gusta la medicina".


Me reí de la ocurrencia y no hablamos más del asunto. Además, no tenía que tomar entonces ninguna decisión.  Mientras pudiera hacer las dos cosas, continuaría igual.

Uno de los frutos del seminario de Los Caracas fue que gracias al modelaje de los coros de metales y en general, de lo que los muchachos de la Universidad de Illinois hicieron y mostraron que se podía hacer con las trompetas, los trombones, cornos y tuba, investigué sobre música para metales y encontré material diferente para la trompeta, un instrumento que había cursado porque había que hacerlo dentro de la carrera de composición, no porque me llamara exageradamente la atención. Conseguí la partitura de la obra del compositor estadounidense Alan Hovhaness titulada Prayer of Saint Gregory (Oración de San Gregorio) para trompeta y cuerdas, donde el autor utiliza los llamados modos del canto gregoriano (algo diferente de la tonalidad) con originalidad y belleza.  La estudié, la aprendí y se la mostré a Alexis, quien la incluyó en el repertorio de la Agrupación Pro Música. Se ejecutó en varios conciertos, uno de ellos en el Ateneo de Maracay y debo relatar con alguna vanidad que el profesor Cesare Esposito, primer corno de la OSV, me felicitó por mi "afinación y hermoso sonido"







El año 1966 se presentó un serio desgarramiento en la Agrupación: Teresita e Isabelita se retiraron. Encontré una tarde a Alexis completamente desalentado y pesimista.  Me dijo que no había nada que hacer, no valía la pena continuar. Estaba a punto de tirar la toalla, lo que nos alarmó a todos.  Progresivamente fue recuperando el ánimo y se reanudaron los ensayos.  Montábamos un programa con  el Largo de Händel, un coro de La Creación, de Haydn y Los Planetas de Holst, así como el Magnificat de J.S. Bach,  que se presentó en la Televisora Nacional canal 5, al cual no pude asistir a pesar de haber participado en los ensayos, no recuerdo si por una guardia o algún percance de salud.
Alexis continuó dirigiendo la orquesta y el coro, quedando el peso de la parte administrativa en las hermanas Ruiz.  Alexis y Raiza viajaban semanalmente a Maracay, a una actividad relacionada con la docencia de la música. 


Una mañana me despertó la noticia de un accidente en la carretera. Raiza había fallecido instantáneamente y Alexis se encontraba sumamente grave, con lesiones en miembros inferiores y conmoción cerebral.  Casi no tuvimos tiempo de vivir el duelo por la muerte de aquella menuda mujer de ojos verdes y mirada dulce, debido a la alarma y la preocupación por el grave estado de salud de Alexis, quien no había recuperado la conciencia.
Entretanto mis estudios de medicina llegaban a su fin.  En julio sería la graduación. Esos meses se fueron en las diligencias para el acto académico, la parafernalia de las togas, el anillo, el diploma, la escogencia del padrino y los trámites administrativos de la universidad.  Pero hubo tiempo para Alexis, quien se había recuperado bastante, se encontraba consciente y en medio de la tragedia conservaba su sentido del humor, aunque siempre existía el riesgo de tromboembolismo por el prolongado reposo debido a la múltiple fractura de miembros inferiores.  Días antes del grado, lo fui a visitar al hospital y cuando me pidió que le mostrara el anillo, me dijo:

- "¡Ay, Franklincito! ¿No te lo había dicho?  Escogiste ser un médico a quien le gusta la música. Fue lo mejor".

Fue la última vez que nos vimos.  Pocas semanas después de mi graduación falleció a causa de un tromboembolismo. Recuerdo que esa madrugada lloré silenciosamente, sentado en la escalinata entre el patio trasero de mi casa y la azotea.
Se dice en las biografías de Mozart que el día de su sepelio cayó una lluvia torrencial acompañada de truenos y relámpagos, que la gente salió corriendo y dejó el ataúd abandonado en el terreno, por lo que no se han encontrado los restos del autor del RequiemDon Giovanni.  Algo parecido ocurrió en el cementerio cuando fuimos a enterrar a Alexis. Las palabras y los discursos fúnebres fueron interrumpidos por el agua, pues apenas el sacerdote terminó su oración, cayó un aguacero tan intenso que hubo que abreviar la ceremonia y retirarse apresuradamente del Cementerio General del Sur.

No sé cómo terminar este artículo. Cuando comencé a escribirlo pensé que no podría arrancar. He escrito mucho más de lo que pensaba y no encuentro ninguna frase lógica o atractiva para concluir. 
He intentado relatar la trayectoria de un hombre sencillo que desplegó una actividad descomunal sin aspirar a ninguna gloria ni reconocimiento. Por otra parte, me gustaría saber que he logrado trazar algunos rasgos de unas de las iniciativas que promovieron la actividad musical juvenil en Venezuela, junto con otras, igualmente valiosas, como fueron la Asociación Mozart y la Orquesta de Cámara de la Universidad Central de Venezuela. Eso sin nombrar las agrupaciones puramente corales.  Hoy día existe un vigoroso movimiento musical con el Sistema de Orquestas Juveniles.  Pero es bueno saber que esto no nació de la nada, por generación espontánea o gracias a la vida y milagros de una sola persona.  Si aquellas tuvieron una vida más corta y un alcance más modesto, también es cierto que contaron con muchísimo menos recursos económicos y ningúna vinculación con el poder.  Asimismo, respetaron las instituciones que les dieron vida y se alimentaron de la tradición musical venezolana, de la savia nutritiva de las Escuelas de Música y de las instituciones del Estado que hoy han desaparecido o están desmanteladas.  Si este relato contribuye a reconocer el legado de esos pioneros, me doy  por satisfecho.


Escuela de Música "José Ángel Lamas". Circa esquina de Santa Capilla