Retazos de temas que me han interesado alguna vez, experiencias vividas, recuerdos, libros leídos, textos perdidos y rescatados, films que han dejado una impronta en mi memoria, pero también proyectos no realizados o postergados...







lunes, 6 de noviembre de 2017

HONI SOIT QUI MAL Y PENSE

Maldición sobre los mal pensados



A raíz de un comentario afilado de unos “amigos” de las redes sociales  sobre una foto de grupo donde aparecía con unos ex alumnos (y sobre todo ex alumnas) del Postgrado del Hospital Psiquiátrico de Caracas pensé titular la foto con la  frase del escudo de los reyes de Inglaterra el lema de la orden de la jarretera. Busqué tanto en el Larousse como en la Encyclopaedia Britannica, pero no aparecía el origen de la expresión que traducido del francés antiguo significa: 

"Que la vergüenza caiga sobre aquel que piense mal de ello".

Recordé aquella tarde remota en que recorría el con mi prometida el centro de Caracas, y pasaba por la Librería “Pensamiento Vivo”, regentada primero por José Rivas Rivas y luego por Sergio Alves Moreira. 
Allí encontré los dos tomos de “Tirante el Blanco” traducción castellana del original valenciano Tirant lo Blanc, novela de caballería de Joanot Martorell y Marti Joan de Galba; uno de los libros que sobrevivieron a la quema después del escrutinio que hicieron el cura y el barbero de la biblioteca de Don Quijote [El Ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, primera parte, capítulo 6]. 
Esta obra, calificada por Cervantes como “el mejor libro del mundo” y prologada por Mario Vargas Llosa en la edición de 1969, contiene desde el capítulo 85 al 97 inclusive, una detallada relación del origen de la Orden de la Jarretera donde queda claro, no sin sorna y socarronería, el motivo que llevó al rey Eduardo III de Inglaterra a crear la Orden. 

¿Es histórico este relato? 
No lo sé y no he encontrado ninguna otra fuente que lo desmienta. Para Vargas Llosa, Tirant lo Blanc es una obra inclasificable. Novela militar, novela erótica, novela psicológica, creación desinteresada, “novela total”. Eso y mucho más es lo que el prologuista nos invitaba a leer en 1969 y yo, modestamente, me animo a sacar del armario de los recuerdos como retazo para la colcha, como prevención a los malpensados de todos los tiempos y lugares.




Cómo fue instituida la fraternidad de la orden de los caballeros de Garrotera


«Ya había pasado el año y el día, y las fiestas habían terminado en su solemnidad, cuando la majestad del señor rey mandó rogar a todos los estados que se quisieran esperar algunos días, porque su majestad quería hacer publicar una fraternidad, la cual nuevamente había instituido, de veintiséis caballeros, sin que ninguno fuese reprochable, y todos con muy buen agrado estuvieron contentos de esperar. Y la causa y principio de esta fraternidad, señor, ha sido ésta en toda verdad, según yo y estos caballeros que aquí están, hemos oído contar por la boca del mismo rey.
      » En un día de solaz, en el que se hicieron muchas danzas, y el rey habiendo danzado quedose para descansar a un extremo de la sala, y la reina quedó en el otro extremo con sus doncellas, y los caballeros danzaban con las damas, y quiso la suerte que una doncella bailando con un caballero, llegó hasta aquella parte donde el rey estaba, y al rodar que la doncella hizo, cayóle la liga de la media, y al parecer de todos, debía ser de la pierna izquierda, y era de orillo. Los caballeros que estaban cerca del rey, vieron la liga que había caído en el suelo. Esta doncella se llamaba Madresilva, y no penséis, señor, que fuera más bella que otra, ni que nada de lo que enseñaba fuese  gentil: muestra cierta ostentación, es un tanto desenvuelta en el baile y en el hablar, y canta razonablemente, pero, señor, pueden encontrarse trescientas más bellas y más agraciadas que ésta; pero el apetito y la voluntad de los hombres van repartidos de muchas maneras. Un caballero de los que estaban cerca del rey, le dijo:
       »   Madresilva, habéis perdido las armas de vuestra pierna. Paréceme que habéis tenido mal paje, que no os la supo atar.
           » Ella, un tanto vergonzosa, dejó de danzar y volvió para recogerla, pero otro caballero fue más rápido que ella y cogióla. El rey que vio la liga en poder del caballero, prestamente lo llamó y díjole que se la atara, en la pierna sobre la media, en la parte izquierda, debajo de la rodilla.
           »    Esta liga ha llevado el rey más de cuatro meses y nunca la reina le dijo nada, y cuanto más el rey se vestía, con más voluntad la llevaba a la vista de todo el mundo. Y no hubo nadie en todo aquel tiempo que tuviera el atrevimiento de decírselo, sino un criado del rey que era muy favorecido y que vio que la cosa duraba demasiado. Un día que estaba solo con él, le dijo:
      »   Señor, ¡si vuestra majestad supiera lo que yo sé y la murmuración de todos los extranjeros, y de vuestro mismo reino, y de la reina y de todas las damas de honor!
         ¿Qué puede ser? -  Dímelo en seguida.

       »    Señor, yo os lo diré; que todos están admirados de una tan grande novedad como vuestra alteza ha querido hacer de una mínima y menospreciada doncella y de baja condición, entre las otras muy poco estimada, que vuestra alteza lleve su seña en vuestra persona, a la vista de todo el mundo tan largo tiempo. Ni que fuera reina o emperatriz se haría mayor mención de ella. ¡Y cómo señor! ¿No encontrará vuestra alteza en este vuestro reino doncellas de mayor autoridad en linaje y en belleza, en gracia y en saber y llenas de muchas más virtudes? Y las manos de los reyes que son muy hurgadoras y llegan a donde quieren.
           » Dijo el rey:
      »     ¡De modo que la reina está descontenta de esto y los extranjeros y los de mi reino están de ello admirados! ―dijo tales palabras en francés― Puni soit qui mal hi pense! Ahora yo prometo a Dios―dijo el rey― que yo instituiré y haré sobre este hecho una orden de caballería, que tanto como el mundo durará, será en recuerdo de esta fraternidad y orden que yo haré¹.
      »Y en aquel momento se hizo desatar el orillo, que no lo quiso llevar más aunque sentía mucha melancolía, pero no hizo demostración alguna.
      »Después, señor, terminadas las fiestas como he dicho vuestra señoría, dio la siguiente ordenanza:
      »Primeramente, que fuese construida una capilla bajo la advocación del bienaventurado señor San Jorge, dentro de un castillo que se llama Ondisor, con una gentil villa que hay, cuya capilla fuese hecha a manera de coro de iglesia de monasterio de frailes, y a la entrada de la capilla, a mano derecha, fuesen hechas dos sillas, y a la parte izquierda otras dos, y de allí hacia abajo, en cada parte fuesen hechas once sillas y hasta que fuesen en número de veintiséis sillas, y en cada una, que se sentara un caballero, y sobre la cabecera de la silla tuviese cada caballero una espada muy bien dorada, y la cubierta de la vaina fuese de brocados o de carmesí, bordada de perlas y de argentería, esto como a cada uno mejor parezca, la más rica que cada uno pueda hacer. Y al lado de la espada que cada uno tenga un yelmo hecho a la manera de aquellos que justan, y que lo puedan tener de acero bien fabricado o de madera bien dorado, y sobre el yelmo esté el timbre de la divisa que quiera, y en las espaldas de la silla, en una placa de oro o de plata, sean pintadas las armas del caballero, y allí estén clavadas.
      »Después, diré a vuestra señoría las ceremonias que se han de celebrar en la capilla, y ahora diré los caballeros que fueron elegidos. Primeramente, el rey eligió veinticinco caballeros y con el rey fueron veintiséis; el rey fue el primero que juró guardar todas las ordenanzas contenidas en los capítulos, y que no hubiese caballero que pidiera esta orden que la pudiese haber. Tirante fue elegido el primero de todos los caballeros, a causa de que fue el mejor de todos los caballeros; después fue elegido el príncipe de Gales, el duque de Bétafort, el duque de Lencastre, el duque de Átzetera, el marqués de Sófolc, el marqués de San Jorge, el marqués de Belpuig, Juan de Vàroic, gran condestable, el conde de Nortabar, el conde de Sálasberi, el conde de Estàfort, el conde de Vilamur, el conde de las Marchas Negras, el conde de la Joyosa guardia, el señor de Escala Rota, el señor de Puigvert, el señor de Terranova, Micer Juan Stuart, Micer Albert de Riusec; éstos fueron los del reino. Los extranjeros fueron el duque de Berri,  el duque de Anjou, el conde de Flandes, y fueron  todos en número de veintiséis caballeros.
      »Señor, a cada caballero que querían elegir para poner en la orden de la fraternidad, les hacían esta ceremonia: Cogían un arzobispo u obispo y le daban los capítulos de la fraternidad cerrados y sellados, y mandábanlos al caballero que querían elegir que fuese de su hermandad, y mandábanle un ropaje todo bordado de ligas y forrada de martas cebellinas, y un manto largo así como el ropaje hasta los pies, forrado de armiños, que era de damasco azul, con un cordón todo de seda blanco para atar arriba, y las alas del manto las podían lanzar sobre los hombros y se mostraba el ropaje y el manto. El caperuz era bordado y forrado de armiños; la bordadura era igual que la liga que estaba hecha de forma semejante, eso es, de una correa con cabo y hebilla así como muchas mujeres galantes y de honor llevan en las piernas para sostener las medias, y cuando han hebillado la liga, dan una vuelta de la correa sobre la hebilla haciendo nudo, y el extremo de la correa cuelga casi hasta media pierna, y  en medio de la liga están escritas aquellas mismas letras: Puni soit qui mal hi pensé. El ropaje, el manto y el caperuz, todo está bordado de ligas, y cada caballero está obligado a llevarla todos los días de su vida, así dentro de la ciudad o villa donde esté como fuera de ella, y en armas o de cualquier modo que sea. Y si por olvido, o porque no la quisiera llevar, cualquier rey de armas, heraldo o portavoz que le viese ir sin la liga, tiene potestad absoluta para quitarle la cadena de oro del cuello, o lo que lleve en la cabeza, o la espada, o lo que lleve, aun cuando sea delante del rey o en la mayor plaza que sea. Y cada caballero está obligado por cada vez que no la llevare, a dar dos escudos de oro al rey de armas o al heraldo o al portavoz, y aquel está obligado de estos dos escudos dar uno a cualquier capilla de San Jorge para cera, y el otro escudo es para él, porque ha puesto atención. Y aquel obispo, o arzobispo u otro prelado, tiene que ir como embajador de la fraternidad y no del rey, y lleva el caballero a una iglesia, cualquiera que sea, y si la hay de San Jorge, allí van directamente, y el prelado le hace poner la mano sobre el ara del altar y le dice las siguientes palabras:


»―Vos caballeros que habéis recibido la orden de caballería, y que sois tenido en opinión de no ser reprochable entre los buenos caballeros, yo  he sido enviado aquí como embajador de toda la fraternidad y de aquella próspera  orden del bienaventurado San Jorge, que por aquel juramento que habéis  hecho, que mantendréis todas las cosas secretas y que por vía directa o indirecta, de palabra o por escrito, no lo manifestaréis.
            »Y el caballero promete por virtud del juramento, cumplir y guardar todas las cosas antedichas, y le dan los capítulos. Después que él los ha leído, arrodillase en el suelo ante el altar o imagen de San Jorge y con mucho honor y reverencia recibe la orden de la fraternidad. Y si no quiere aceptar, tiene tres días para pensarlo, y dice o puede decir: «Mi persona no está dispuesta para recibir una orden tal alta como es esta, llena de mucha excelencia y virtud.»
            »Vuelve a cerrar los capítulos, escribe dentro su nombre, así los vuelve a remitir por el embajador a los de la fraternidad.

Los capítulos de fraternidad son estos:
            »El primero es, si no se es caballero creado en armas, no puede ser de la fraternidad de la orden del bienaventurado San Jorge.

            »El segundo es, de nunca desnaturalizarse de su rey y natural señor, por muchos males y daños que haga.

            »El tercero es, de ayudar, amparar a mujeres viudas y doncellas, si requerido fuere, dedicarle todos sus bienes, entrar en campo cerrado con armas o sin armas, y reunir gente, parientes, amigos y voluntarios, y dar combate o combates en villas o ciudades o castillos si acaso tal señora de honor estuviese presa o detenida a la fuerza.

            »El cuarto es, cualquier caballero que en armas se encontrara, tanto en mar como en tierra, no huirá por muchos enemigos que vea. Bien se puede retraer, haciéndose atrás con la cara ante los enemigos, no volviendo aquella, y si volvía la cara, caería en muy feo caso de falso y de perjuro, echándosele de la fraternidad, degradándole de tal orden de caballería, haciendo un hombre de madera con manos, brazos y pies, armándolo con todas las armas, dándole bautismo, y poniéndole su propio nombre en la degradación.



            »La quinta es, si el rey de Inglaterra tomara empresa para ir a conquistar la tierra santa de Jerusalén, en cualquier estado que el caballero esté herido, o de cualquier enfermedad, está obligado a venir por mar a nuestra fraternidad, por esto que la conquista de Jerusalén me pertenece a mí que soy el rey de Inglaterra, y no a otro.

Ceremonias que hacen los caballeros de la Garrotera, cuando están juntos en la iglesia de San Jorge donde está la cabeza de la orden.
            »Estos son los capítulos que remiten a cada caballero. Y la liga que le envían es muy rica, adornada con diamantes y rubíes y otras piedras finas. Si acepta la liga y quiere ser la de la fraternidad, un día de aquella semana hace gran fiesta por toda la ciudad o lugar donde esté, y vístese con aquellos ropajes, cabalga sobre un caballo todo blanco,  si haberlo pueden, y toda la demás gente va a pie a su alrededor, y así van por toda la ciudad luciéndose, y van a hacer oración a la iglesia de San Jorge, si la hay y si no a otra con dos banderas, una de las propias armas  y la otra de su divisa.
            »De ahora en adelante, el rey le llama hermano de armas o conde, que quiere decir lo mismo que hermano de armas. Si algunos de estos caballeros se encuentra en la isla de Inglaterra y no está enfermo, está obligado a venir a aquel castillo donde se celebra aquella fraternidad, y sí se encuentra fuera de la isla, aunque no vaya no les importa nada; y si está dentro de la isla y no viene, tiene que pagar diez marcos de oro, y todos hay que gastarlos en cera.
             »Y el rey, señor, ha dado de renta cada año a esta fraternidad cuarenta mil escudos, y sirven para lo que voy a decirlos: primeramente para hacer aquellas ropas y mantos para vestir a los caballeros de la fraternidad, y para comer la víspera y el día de San Jorge, en que hay que celebrar fiestas muy solemnes. Diré a vuestra señoría, las fiestas que se deben celebrar en la iglesia: la víspera del Santo, todos los de la fraternidad tiene que estar allí con las ropas dichas más arriba, y todos a caballo tienen que ir hasta la puerta de la capilla, y no tiene que ir ningún otro a caballo con ellos, que toda la demás gente tiene que ir a pie y cuando hayan descabalgado, tiene que ir hasta el pie del altar y los veintiséis se arrodillan para hacer oración, y no debe haber entre ellos y el rey, diferencia alguna, sino que cada uno se siente en su silla. Y al incensar, lo harán dos presbíteros u obispos, si los hay en aquella ocasión, y uno irá por un lado de las sillas y el otro por el otro, y todos a un tiempo les darán incienso y, como en la misa, el ofertorio y la paz. Cuando las vísperas se han dicho, vuelven con aquellas mismas ceremonias, y descabalgan en una gran plaza que hay, y aquí se hará una gran colocación e confitería; después de esto vendrá la gran cena, y allí tienen que comer todos los que quieran cena,  al día siguiente, que será el del bienaventurado San Jorge, volverán con aquella misma ceremonia, y antes de oír misa tienen que celebrar capítulo, y tiene que estar con ellos, en el consejo, un rey de armas que ha sido elegido, y al que se llama Garrotera, a este le dan mis escudos de salario todos los años por cuanto tiene que pasar el mar,  y está  obligado a ir a visitar a los caballeros de la fraternidad para ver como se portan, a fin de que aquel día  se pueda dar relación de ello. Y cuando están en consejo, si faltara algún caballero que hubiese muerto, eligen a otro; y si estuviera de menos por que no cumplió todo lo antedicho, o huyera en batalla , en presencia de todos cogerán un hombre de madera que tendrán preparado, y tienen que bautizarle con todas aquellas ceremonias que son habituales en los bautizos, y le pondrán, el mismo nombre del caballero, y luego lo degradarán de toda la fraternidad; y, si es posible, después le darán cárcel perpetua y ella le harán morir. Después que hayan visto todo lo que la fraternidad necesita, lo dejarán todo ordenado y luego saldrán a la misa y al sermón de San Jorge, y después a las solemnes vísperas.  Al día siguiente volverán con el mismo orden y harán celebrar un aniversario por el alma de aquel caballero o caballeros que hayan muerto o mueran dentro de aquel año,  o por el primero que morirá; y si hay caballero muerto para el cual harán la sepultura, cuando llegue el ofertorio, se levantaran cuatro caballeros, los que  tienen a su cargo la administración de la moneda, y los dos cogiendo la espada, uno por el pomo y el otro por la punta, y así a través la llevarán hasta el altar y la ofrecerán al presbítero, y los otros dos llevan el yelmo a ofrecer, y aquellos es el derecho de los sacerdotes, y aquí terminan las fiestas del año. Y si por ventura alguno de estos caballeros de la fraternidad había sido hecho prisionero en guerra justa, y por rescate tuviese que pagar tanto de sus bienes que su estado no pudiese soportar como le era habitual, la orden esta obligada a darle todos los años lo que comprendan que merece según su condición. Todavía, señor ,han ordenado más, que si algún otro caballero que no sea de la fraternidad, y siguiendo las armas de guerra fuese mutilado de algún miembro de su persona, que no pudiese llevar armas ni seguir la guerra, si van al monasterio y quieren estar allí toda su vida, que sean recibidos, con tal que cada día que puedan vayan a misa y a vísperas con un manto encarnado con una garrotera bordada en el pecho, y allí sean mantenidos con una mujer e hijos, si los tiene, y servidores, muy abundantes según su condición. Todavía han ordenado más, que veinte mujeres de honor sean de la fraternidad de la garrotera, y hagan tres votos.


Los votos que hacen las mujeres de honor

            »El primero es, que nunca dirán a marido, e hijo o hermano, si está en guerra, que se vuelva.

»El segundo es, que si supiese que alguno de éstos estuviese sitiado en villa, castillo o ciudad, y pasase necesidad de vituallas, ellas harán todos sus posibles y trabajarán para mandárselas.

            »El tercero es, que si alguno de éstos estuviese preso, con todo su poder le ayudarán para sacarlo de prisión, y dedicarán a ello todos sus bienes hasta la mitad de su dote. Y las dueñas están obligadas a llevar la garrotera en el brazo izquierdo, por encima de la ropa en el brabón.»

Cómo fue encontrada la divisa del collar que da el rey de Inglaterra.
            ―Señor, puesto que he contado a vuestra señoría lo que se refiere a la Garrotera, ahora le hablaré de la divisa del collar que ahora hace el rey de nuevo.
            ―Os ruego que digáis eso― dijo el ermitaño.

            ―Yendo el rey y la reina con todos los estados de caza―dijo Diafebus―, el rey había ordenado a los monteros que para aquel día concertasen mucho animales fieros de diversa naturaleza, y era tanta la gente que iba entre hombres y mujeres, que hicimos una gran matanza, porque con la gran muchedumbre de gente hicieron venir a los animales fieros a un portillo, y allí, con flechas, ballestas y lanzas se hizo en ellos un gran estrago, y con carros y acémilas los llevaron a la ciudad. Los cocineros desollaron un gran ciervo que casi era completamente blanco por vejez, y le encontraron al cuello un collar todo de oro. Los que le desarrollaron fueron los más admirados del mundo y lo dijeron al comprador mayor. Este rápidamente fue a verlo, y cogió el collar con la mano y lo llevó al rey. Y al rey mucho le gustó, y vieron en el collar unas letras escritas que decían que, en tiempo en que Julio César vino para conquistar Inglaterra, y la llenó de alemanes y de vizcaínos, cuando se fue cogió aquel ciervo y le hizo cortar el cuero del cuello y ponerle allí aquel collar, y volvieron a coserle el cuero y lo soltaron. Y rogaba a aquel rey que ese collar encontrara, lo convirtiera en divisa. Hacía, según el calendario del tiempo, cuatrocientos noventa y dos años que se lo pusieron, y por eso muchos dicen que no existe en el mundo ningún animal que tanto viva. Y el collar era todo de eses redondas, y porque en todo el A B C no encontraréis ninguna letra, una por una, de mayor autoridad y perfección que pueda significar cosas más altas que esta letra S .

El significado de la divisa
»» La primera, santidad, sabiduría, sapiencia, señoría y muchas otras cosa que empiezan por S. El magnánimo rey ha dado collares de éstos a todos los que forman la fraternidad. Luego ha dado a muchos caballeros extranjeros y del reino y a damas y doncellas, y a muchos gentileshombres les daba collares de plata. Y a mí, señor, me dio uno, y a todos estos caballeros que están aquí les dio el suyo.»
-Estoy muy contento de cuanto me contó vuestra gentileza-dijo el ermitaño-. La orden de la garrotera me gusta mucho, porque ha sido constituida con virtuosas leyes de caballería, y de tal dignidad como jamás he visto ni oído decir, y esta muy de acuerdo con mi voluntad y mi espíritu se alegra. Decidme, virtuoso caballero, ¿no es cosa de mucha admiración el collar que han encontrado en poder de un animal salvaje, de tan gran discurso de tiempo, y de todas las cosas que vuestra virtud me ha contado, tanto de las fiestas como de las armas? Tanto como he estado en este mundo miserable y jamás oí decir que un tan gran triunfo se hubiese celebrado.
Estas y semejantes palabras decía el ermitaño, cuando vino Tirante y dijo:
-Padre y señor, hágase vuestra gracia el favor de venir cerca de la lúcida fuente para tomar una pequeña colación con nosotros y concedednos la gracia de que podamos pararnos aquí cuatro  o cinco días para hacer compañía a vuestra santidad.  
Y el ermitaño estuvo muy contento y se detuvieron con él más de diez días. En estos días hablaron de muchos hechos virtuosos de armas y el ermitaño les dio muy buenos consejos.
A la hora de marcharse, habiendo visto Tirante que el padre ermitaño sólo comía hierbas y bebía agua, movido de amor y caridad hizo traer muchas viandas y todas las cosas necesarias a la vida humana, así como si tuviese que abastecer un castillo que espera verse sitiado por los enemigos. Y cada día tenían que hacerle comer con muchas súplicas.
El día que tenían que marcharse, Tirante con todos los demás, con mucho amor, le rogaron que quisiera quedarse aquella noche en una de aquellas tiendas, ya que ellos querían irse muy de mañana y no se irían sin que él les diese su bendición. Y el ermitaño, creyendo que lo querían por eso, estuvo contento. Arregláronle una pequeña cama, y descansando el ermitaño, Tirante hizo llevar dentro de su ermita gallinas y capones y otras viandas para mas de un año, incluso carbón y leña para que no tuviese que salir de la ermita si acaso llovía.
Cuando les pareció que era hora de irse, todos se despidieron del padre ermitaño, dándose muchas gracias los unos a los otros.
Cuando se hubieron ido en camino derecho a Bretaña, el padre ermitaño se fue a su ermita para decir sus horas y encontró toda la casa llena de vituallas y dijo:
-Seguro que esto lo ha hecho aquel virtuoso Tirante: quiero que tenga parte en todas mis oraciones, sólo por conocer su bondad y virtud, pues esto es demasiado para mí.
Y de ahora en adelante no se habla más del ermitaño. 



HONNI SOIT QUI MAL Y PENSE


Bibliografía


Joanot Martorell y Marti Joan de Galba. Tirant lo Blanc. Prólogo de Mario Vargas Llosa. Traducción y notas de J. F. Vidal Jové. Alianza Editorial. Madrid 1969.

Miguel de Cervantes y Saavedra. El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha. Primera parte. Capítulo 6. pp 60-69. Edición del IV Centenario. Real Academia Española. Asociación de Academias de Lengua Española. 









jueves, 24 de agosto de 2017

¡ESTADOS UNIDOS, DESPIERTA!

Corresponsal extranjero ( Foreign Correspondent- España: Enviado  especial) 1940.


Jones es un periodista americano a quien su periódico envía a Europa a comienzos del año 1939 para determinar la posibilidad de una guerra mundial. En Londres, se encuentra con un viejo político holandés, que posee un secreto de alianza. Tras un atentado fingido, el viejo político holandés es raptado por unos espías nazis y Jones parte en su búsqueda, a Holanda, ayudado por una muchacha (Laraine Day), cuyo padre (Herbert Marshall), presidente de una sociedad pacifista, resultará ser una autoridad nazi. En el curso de un accidente de aviación en pleno mar, el padre se suicida y Jones, recogido por un navío, vuelve a Londres con la muchacha. (François Truffaut).






Recordemos que para 1940 Hitchcock ya está residenciado en los Estados Unidos y ha estrenado Rebeca, bajo la producción de Selznick. Recordemos también que para esa fecha Estados Unidos no había entrado en la Segunda Guerra Mundial. Los sectores que propugnaban una política abstencionista cada vez eran minoritarios ante quienes llamaban al país a comprometerse con los países europeos, principalmente Inglaterra. Este film de Hitchcock, independientemente de sus méritos estrictamente cinematográficos, tiene el valor superior de apostar por una posición política del director inglés, quien, a pesar de proclamar su repulsa a incluir la política en sus trabajos, transmite en registro de comedia un dramático llamado a Estados Unidos a involucrarse en la contienda mundial en defensa de la libertad y la democracia contra el totalitarismo del Eje Alemania-Japón. El tono expresamente dramático del discurso de John Jones (Joel  Mc Crea) con el clamor: ¡America, despierta! suena sincero y contagioso, aún en nuestros días.
Probablemente este servidor está sesgado por la angustia de ver a su país en un proyecto totalitario ante la indiferencia del entorno internacional, especialmente de los Estados Unidos; aunque en los últimos días se observan algunos cambios por parte del gobierno de Trump, que no puedo menos que saludar. 
Cuando vi Corresponsal extranjero por primera vez no me había percatado de este elemento y recientemente, en la segunda experiencia, no pude menos que conmoverme. De modo que me resultan secundarios los remilgos de Hitchcock ante la “debilidad” de Mc Crea, quien me parece excelente para el papel de cándido ignorante que se crece como Corresponsal Extranjero y cumple a cabalidad su misión. Comparto así la opinión de algunos conocedores del tema, como mi amiga de Argentina, presumo que abogado de profesión y bloguera de vocación, que firma como Bet en  Mi blog sobre Mister Hitchcock
La influencia de Eisenstein en Hitchcock se me antoja especialmente notoria en este film. Voy a parear dos fotos de la película que comentamos con El Acorazado Potemkin.  Las dos fotos de Enviado especial  corresponden al asesinato del supuesto embajador de Holanda. Las de  El Acorazado Potemkin, a la famosa secuencia de las escalinatas de Odessa y la matanza de la población por las tropas del zar. Si a ti, amable lector, no te parece que hay mucha similitud entre estos dos pares de tomas, por favor, házmelo saber con un comentario al final de esta reseña.


Enviado especial

Aquí está el primer par

El acorazado Potemkin



















Enviado especial

Y aquí el segundo


El acorazado Potemkin.



Realmente no es nada para sorprenderse. El maestro británico siempre se reconoció deudor de los directores soviéticos, de los expresionistas alemanes y de Griffith. Son buenas compañías. El que a buen árbol se arrima...
Aunque no puedo evitar un mal pensamiento: ¿no sería éste un gesto, una señal, a la alianza que ya Churchill había materializado con la Unión Soviética y que los Estados Unidos aún no se decidían a concretar, siendo como era El acorazado Potemkin un símbolo para el imaginario cultural de Rusia?





martes, 11 de julio de 2017

REBECA








Una señorita de compañía (Joan Fontaine) se casa con un lord (Laurence Olivier) atormentado por el recuerdo de su primera esposa, Rebeca, muerta misteriosamente. En la gran mansión de Manderley, la nueva esposa no se siente a la altura de las circunstancias, temerosa de decepcionar; se deja dominar y luego aterrorizar por el ama de llaves, la señora Danvers, obsesionada por el recuerdo de Rebeca. Una investigación tardía sobre la muerte de Rebeca, el incendio de Manderley y la muerte de la incendiaria, la señora Danvers, pondrán fin a las angustias de la heroína.  (François Truffaut)




La primera película norteamericana de Alfred Hitchcock es un film de talante británico: la historia es inglesa, transcurre en un innombrado lugar de Inglaterra, los actores son en buena parte británicos y el director, por supuesto. Sin embargo, para Hitchcock, de haberse rodado en Inglaterra, hubiera sufrido de muchas limitaciones, especialmente en el guión. Asimismo Manderlay, la casa, que es uno de los tres personajes importantes del film, se hubiera tenido la tentación de ubicarla en un lugar preciso de Inglaterra, lo que le hubiera quitado la sensación de aislamiento en que se encontraba la heroína, de quien, por cierto,  nunca se nos dice su nombre.
Aunque no se trata de un thriller propiamente, sino de una trama psicológica, el suspenso está presente todo el tiempo. La heroína se siente permanentemente , observada, descalificada y comparada desfavorablemente con la difunta Rebeca por casi todos: la familia de su esposo Max, la servidumbre de Manderlayespecialmente el ama de llaves, la señora Danvers, quien siempre aparece sorpresivamente sin que se lea vea caminar o se la oiga venir. Comete torpezas que la avergüenzan, a pesar de la protección de Max, quien trata de hacerle valer su lugar en la casa. Un detalle, por ejemplo, es revelador de la inseguridad que la heroína padece: accidentalmente rompe una estatuilla y oculta los pedazos en una gaveta, olvidando que ella es la dueña de la casa.

Rebeca ha sido uno de los favoritos del público desde su estreno. Las actuaciones de Olivier, de  la novata Joan Fontaine y de los actores secundarios, en especial Judith Anderson como la Sra. Danvers y George Sanders como el cínico Jack, primo de Rebeca, así como el vestuario, la escenografía y las maquetas o efectos especiales, configuran una atmósfera de misterio y ensoñación, de cuento de hadas que ha mantenido su lozanía durante 74 años. Truffaut comentaba en el libro que la historia era muy parecida a “La Cenicienta” y Hitchcock va más allá y le responde que la heroína es Cenicienta y la Sra. Danvers una de sus envidiosas hermanas.

Hitchcock no consideraba Rebeca como una película suya, es decir con la “marca Hitchcock”. Tampoco admite que él se haya ganado ningún Oscar con ella, pues el premio de mejor película se lo entregaron a Selznick, el productor.
En relación al primer aspecto, es cierto que Selznick era un productor omnipotente, omnisapiente, omnisciente y omnipresente. Pero actualmente puede verse que Hitchcock ganó en profundidad en el tratamiento de sus personajes en Rebeca, hasta el punto que la atmósfera de misterio que rodea a la historia y a los personajes reaparece en varios de sus mejores creaciones en algo que podríamos llamar un "segundo estilo Hitchcock", que no es el thriller lleno de humor, suspenso y peripecias sino el drama psicológico de sus intérpretes, siendo quizá Vertigo el epítome de este género o estilo.
En cuanto a lo del Óscar, como ya hemos tratado este asunto en otro artículo de este blog [enlace],  su adquisición no es una prueba de excelencia ni su negación una descalificación para el autor o intérprete, quien se defenderá con su obra. Pero somos humanos y el no reconocimiento por nuestros pares y colegas duele. En su laconismo, me parece que hay cierta amargura en sus respuestas a Truffaut en el siguiente diálogo:

François Truffaut: - Creo que la película obtuvo un Oscar, ¿no?
Alfred Hitchcock: - Sí, para el mejor film del año.
F.T.: -¿Es éste el único Oscar que usted ha conseguido?
A.H. - Nunca he recibido un Oscar.
F.T.: -Pero, sin embargo, el de Rebeca...
A.H.: -Este Oscar fue para Selznick, el productor; aquel año, en 1940, fue John Ford quien tuvo el                 Oscar al mejor director por Las uvas de la ira.

La relación entre los dos cineastas fue tensa pero productiva. Veremos cómo Hitchcock posteriormente se liberó de la égida del productor. Pero él también salió beneficiado en esa relación, no sólo por el aspecto comercial, sino porque pudo desplegar todo su talento sin ninguna  cortapisa.

En relación a la adaptación y la fidelidad al libro, sabemos que  Hitchcock no era muy amigo de filmar obras literarias célebres sino que utilizaba obras que él pudiera utilizar libremente una vez adquiridos los derechos de autor, como hizo años después con Los Pájaros, de la misma novelista. Pero en Rebeca fue bastante fiel a la novela de Daphne Du Maurier.
Sólo un detalle en relación a la muerte de Rebeca es diferente, probablemente por la censura de la época:
 Lo que sigue es spoiler:

En la película la muerte de Rebeca es accidental. Max (Laurence Olivier) le relata a la heroína (Joan Fontaine) que después de haber tenido una violenta discusión con Rebeca al saber que estaba embarazada de Jack, ella cae al suelo y se golpea la cabeza, lo que origina su muerte.
En la novela, Max asesinó a Rebeca. De hecho, le confiesa a la heroína:
“- Se volvió y se quedó mirándome. Sonreía con una mano metida en el bolsillo del pantalón y la otra sosteniendo el cigarrillo. Todavía sonreía cuando la maté. La bala la atravesó de parte a parte. Pero no cayó en seguida. Permaneció de pie unos segundos, mirándome, sonriendo con los ojos muy abiertos”.
(Daphne Du Maurier. Rebeca. Traducción de Fernando González. En Novelas. Editorial Planeta.
Barcelona 1958 T.I. p. 341)
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No puedo terminar esta alusión al libro original sin mencionar la supuesta demanda que la escritora brasileña Carolina Nabuco, autora de La Sucesora (1934) hizo a Daphne Du Maurier acusándola de plagio. La verdad, contada por la propia Nabuco, es algo diferente. Según cuenta la propia Carolina en las páginas de Oito décadas, ella misma traduciría A Sucessora  al inglés esperando verla publicada en los Estados Unidos, por lo que envió un agente literario a Nueva York. Esperando también su recepción en Inglaterra, le pidió que también hiciese contacto con a esa nación, sin obtener respuesta. Tiempo después, ya publicada Rebecca, el New York Times Books Review comentó las semejanzas entre las dos novelas. Aunque el asunto levantó polvo en Brasil, Carolina no pensó en realizar ningún proceso judicial contra los editores ingleses ni contra Du Maurier. Pero cuando se filmó la película, los abogados de la United Artists buscaron a Carolina para que fijase una cantidad de dinero como compensación financiera siempre que firmase un acuerdo en el cual constara que las semejanzas de A Sucessora y Rebecca eran “mera coincidencia”. La escritora se negó.
Para finalizar este comentario sobre Rebeca,  hay una fábula que Hitchcock le cuenta a Truffaut y que revela la importancia que le daba a la fidelidad a las obras literarias. La cito textualmente:

Seguramente conocerá usted la historia de las dos cabras que se están comiendo los rollos de una película basada en un «bestseller», y una cabra le dice a la otra: «Yo prefiero el libro».








lunes, 15 de mayo de 2017

LA SOGA







Toda la acción tiene lugar en un apartamento neoyorkino durante una tarde de verano. Dos muchachos, homosexuales, estrangulan por el solo placer voluptuoso del gesto, a su compañero de estudios y ocultan el cadáver en un baúl unos minutos antes de celebrarse un cocktail al que han invitado a los padres del muerto y a su ex prometida. Igualmente han invitado a su antiguo profesor de la universidad (James Stewart) y para provocar su admiración, eso creen ellos al menos, irán traicionándose de manera progresiva. Al final de la velada, indignado, el profesor se verá obligado a entregar a sus dos antiguos alumnos a la policía.
(François Truffaut)




Éste  fue el primer film producido por el propio Hitchcock (1948) y también su primera película en colores. Basada en la obra teatral de Patrick Hamilton, el guión fue escrito por Arthur Laurents de la adaptación de Hume Cronyn.  Laurents comentaba a la periodista Charlotte Chandler que cuando escribió el guión de La soga, la palabra homosexualidad era un sustantivo impronunciable en Hollywood, empleándose siempre eufemismos para designarla. Se encontraban, pues, ante una obra teatral sobre tres homosexuales donde ese elemento tenía que ser evidente para todo el mundo salvo para la Oficina Hays o la Legion of Decency. Sin ese ingrediente homosexual la historia carecería de sentido. Todas las escenas, todos los diálogos entre los dos jóvenes asesinos llevaban implícito ese factor. Sin embargo, obedeciendo las indicaciones de la Oficina Hays, se omitieron algunos parlamentos. Tampoco estaba Laurents de acuerdo con que apareciera el asesinato al comienzo, pues a su juicio, era un añadido de la película que no aparecía en la obra de teatro. Recordemos la teoría de "Hitch" sobre la diferencia entre el suspenso y el acertijo policial, que él comparaba a un crucigrama. En la obra de teatro, de corte policial, la pregunta que se debía hacer el público es: “¿Hay o no un cadáver en el cajón?”. Para Hitchcock, en cambio, la pregunta debería ser: “¿Descubrirán o no el cadáver que metieron en el arca?”. En el primer caso, un “whodunit”, se trataría más de un acertijo a descifrar. En el segundo, ya involucrado el espectador y convertido en cómplice, se trata de suspenso. Laurents no entendió el propósito de Hitchcock. Afortunadamente se hizo como Hitchcock quería.



El interés de Alfred Hitchcock en la entrevista de Truffaut se centró exclusivamente en el aspecto técnico de la película. Comienza por contar que  cuando asistió a la representación de la obra teatral original de Patrick Hamilton se percató de que el tiempo teatral era idéntico al tiempo real: la obra de teatro se desarrollaba al mismo tiempo de la acción. Ésta era ininterrumpida desde que se alzaba el telón hasta que bajaba. La trama comienza a las 7:30 p.m. y termina a las 9:15 p.m.  Esto que Hitch llamaba “el truco de Rope” fue una tentación para él. Se preguntó:

¿Cómo puedo rodarlo de una manera similar? La respuesta era evidente: la técnica de la película sería igualmente continua y no habría ninguna interrupción en el transcurso de una historia que comienza a las 19 h 30 y se termina a las 21 h 15. Entonces se me ocurrió la loca idea de rodar un film que no constituyera más que un solo plano.

Los  conocedores del lenguaje y la técnica cinematográfica pueden prescindir de los comentarios que siguen:

Un plano es la unidad mínima del lenguaje audiovisual. Desde un punto de vista temporal, plano es todo lo que capta la cámara desde que se inicia la grabación hasta que se para. Equivale, entonces a lo que denominamos toma, la parte comprendida entre dos cortes.


En una nota aparte del libro, Truffaut también considera que para comprender el “truco” de La soga, conviene precisar que por lo general, las secuencias de las películas están divididas en planos que duran cada uno de 5 a 15 segundos. Por término medio puede decirse que un film de una duración de hora y media está compuesto de unos 600 planos, algunas veces esta cantidad es superior y en las películas muy «planificadas» de Alfred Hitchcock llegan a los 1000. En Los pájaros hay 1360 planos. En Psicosis, la sóla muerte de Marion en la ducha llevará 55 planos.
En La soga cada plano dura 10 minutos, es decir, la totalidad del metraje de película que puede cargar la cámara. Es la única experiencia en la historia del cine de una película rodada íntegramente sin interrupción en la toma de vistas.

Hitchcock se lamentaba de haber cedido a la tentación de hacer una película así. Le dijo a Truffaut que fue “una estupidez”, pues rompía todas sus tradiciones y renegaba de sus teorías sobre la fragmentación del film y las posibilidades del montaje para contar visualmente una historia (recordemos que era un heredero de las teorías de Pudovkin y de Griffith). Sin embargo, rodó la película planificando previamente los movimientos de la cámara y de los actores. En el piso del estudio estaban escritos los movimientos de las cámaras. Era algo lleno de dificultades, no solamente con la cámara sino también con la luz;  debía realizar un progresivo cambio de iluminación en el estudio, el cual representaba un apartamento con las ventanas abiertas o transparentes.  Éstas debían mostrar los cambios de iluminación desde las 7:30 p.m. hasta las 9:15 p.m. en verano, puesto que la acción comenzaba con la luz del día y la terminaba de noche.
Asimismo, en el cielo había nubes que debían moverse con el transcurso de la “tarde”, y no había tiempo para hacerlo cómodamente, pues no había cortes durante la duración del rollo. De modo que tuvieron que hacer un “plan especial” para mover las nubes de derecha a izquierda entre cada rollo y aprovechar los momentos en que la cámara no enfocaba la ventana.
Como cada rollo de película tiene una duración de 10 minutos, tenía que interrumpir obligatoriamente al final de cada rollo. El problema de la continuidad lo resolvió haciendo pasar a uno de los personajes delante del objetivo para cerrar en negro (equivalente a cuando cerramos los ojos) en ese momento. Colocaba la cámara, pues, en primerísimo plano sobre la chaqueta de un personaje y al comenzar el rollo siguiente se le volvía a tomar igualmente en primerísimo plano de su chaqueta.
Otros problemas adicionales del rodaje tuvieron que ver con el color. Recuérdese que La Soga fue la primera película de Hitchcock en color. Teniendo en cuenta la unidad de tiempo que exigía la película, debía comenzar con una luz brillante, luego mostrar el progresivo atardecer, para finalizar con los avisos luminosos y   las luces artificiales de la noche. No entraré en detalles sobre este aspecto. Contaré que la frase de Hitchcock acerca de que el problema de la iluminación del cine en color no estaba aún resuelto, me hizo recordar otra entrevista, esta vez de Joaquín Soler Serrano a Néstor Almendros, el gran director de fotografía cinematográfica fallecido prematuramente. Decía Almendros que los nuevos directores y fotógrafos estaban abandonando progresivamente la iluminación artificial y prefiriendo usar siempre que fuera posible la luz natural por los inconvenientes que generaban. Pero esto lo dejaré para otra ocasión.
También le cuenta Hitchcock a Truffaut cómo contrató una ambulancia de verdad para que se acercara al estudio y mediante un micrófono exterior pudiera grabarse este efecto, prescindiendo de la rudimentaria tecnología de 1948.




No quiero finalizar esta necesaria relación predominantemente técnica de La Soga sin contar que cuando la vi por primera vez hace muchos años en el cine Rialto, frente a la Plaza Bolívar, experimenté un desasosiego creciente durante toda la proyección. Contrariamente a lo acostumbrado, había ido a verla solo y no tenía ninguna información previa sobre la película, salvo que era de Hitchcock y que el actor principal era James Stewart. Inquieto, sufría más que disfrutaba la película sin saber por qué. Tenía muy poco conocimiento de lo que es el montaje y ninguno de lo que era un plano, una secuencia o una escena. Sentía un ahogo en ese apartamento donde ocurre la trama, como si me faltara el aire. “¿Qué está pasando aquí, con esta película?” En un momento me percaté de lo que ocurría: “¡No hay cortes!” “¡Qué barbaridad! ¿Cómo se le ocurrió a Hitchcock hacer esto?”, me dije.  Al final, Stewart abre las ventanas y hace un disparo al aire para llamar la atención al vecindario y a la policía y se escuchan las voces de la calle y la sirena de una ambulancia que se acerca (¡todo esto es eliminado en el doblaje!). Se encienden los avisos luminosos de la calle y el film llega a su fin.
- “¡Qué alivio!”, me dije.
Salí del Rialto entre maravillado y perplejo. Indudablemente que se trató de un experimento peligroso. Al maestro se le pudo ir de las manos este reto que se impuso.
Pero no fue así.
Es una estupendo película.
Irrepetible.


(Este post fue publicado el 13 de abril de 2014 Con el título Cruzando el Atlánticocomo  la
segunda parte de la serieLa pasión de Hitchcock según Truffaut dedicada a reseñar la entrevista que el director francés realizó al maestro británico y publicó con el título El cine según Hitchcock")

miércoles, 1 de febrero de 2017

POR AQUÍ PASÓ ZAMORA...

En agosto de 1990 me encontraba de vacaciones y no había salido de Caracas. Me llamó a la casa una residente de entonces, la Dra. Petra Robles, y me preguntó si yo conocía al escritor y médico José León Tapia. Sólo lo había oído nombrar y había visto una noticia donde el presidente Carlos Andrés Pérez inauguraba la publicación de sus obras completas por la Editorial Centauro, de José Agustín Catalá. Me explicó Petra que había la propuesta de parte de la Comisión Técnica del Hospital Psiquiátrico de Caracas (o del Comité Organizador, no recuerdo) de invitarlo para que dictara una conferencia con motivo del aniversario del Hospital, pero él vivía en Barinas, su ciudad natal, de cuyo hospital era el jefe de Servicio de Cirugía. A través de la Hermana Maricarmen González, gran amiga y religiosa de La Presentación, congregación que cuenta con un colegio en Barinas,  pudimos localizar al escritor y hacerle la invitación. Durante todo el mes de agosto y parte de septiembre me leí la mayoría de las novelas de Tapia y me pude enterar de la vida y muerte de Ezequiel Zamora, quien realmente me había interesado muy poco hasta entonces y a quien Tapia  le había dedicado el relato Por aquí pasó Zamora. Menos aún conocía a Pedro Pérez Delgado, de quien el novelista barinés había escrito Maisanta, el último hombre a caballo


El doctor Tapia llegó a Caracas y el 17 de septiembre de ese año lo fui a buscar a la casa de su hija en mi aún nuevo Malibú azul, junto con la Dra. Robles.
En el camino, en el comienzo de la Avenida Sucre viniendo de la Bolívar, Tapia dirigió una mirada hacia el Cuartel de La Planicie y desde el asiento trasero nos dictó una conferencia magistral sobre ese baluarte inaugurado en 1910 por Cipriano Castro como Academia Militar, para ser sucesivamente Ministerio de la Defensa y Museo Histórico Militar.
Sin sospechar segundas intenciones me llamó la atención que Tapia le pusiera tanto empeño a la descripción de la edificación en la que tampoco me había fijado mucho, pero lo entendí cuando recordé que su novelística tenía que ver con las gestas históricas, especialmente militares.
Llegados al hospital nos dirigimos al Auditorium Aurora Doubain, donde se dio comienzo al acto.
Después de unas palabras del doctor Manuel Matute, me tocó hacer la presentación del escritor, en la que prevaleció lo afectivo en relación a mis ancestros llaneros, de modo que hice una evocación de los escritores  llaneros, mencionando al calaboceño Lazo Martí, y al barinés Arvelo Torreaba, como también una remota mañana en la calle Bolívar de San Juan de Los Morros, cuando conocí frente a la casa de mi abuelo Cristóbal Padilla a Herminia, hermana del general Emilio Arévalo Cedeño, el legendario guerrillero que mató a Funes y perdió todas sus luchas contra Gómez.
Finalmente Tapia dictó su conferencia sobre Los Vencidos, novela que acababa de escribir y que no había sido publicada, la cual, con su faulkneriano título, trataba de llanura, hazañas y héroes.
La conferencia fue un éxito y fui felicitado por mi presentación y por haber logrado traer a José León Tapia desde Barinas. No logro recordar (que Petra me asesore) si lo llevamos de nuevo a su casa o se quedó almorzando con las autoridades del hospital.


El resto de la historia es conocido: en 1992 Chávez se rindió en ese Museo Histórico Militar, Carlos Andrés Pérez fue defenestrado, siguió el gobierno provisional de Velásquez y el período de Caldera hasta que Chávez y sus felones camaradas inauguraron esta dolorosa etapa de nuestro país. Ahora, después de muerto, el cuartel se convirtió en el mausoleo de una hazaña, cuando lo fue de una derrota militar y una ignominia política.
Chávez convocó la Constituyente y José León Tapia fue uno de los miembros de la Asamblea que redactó la nueva Carta Magna. Inicialmente dentro del chavismo, se alejó y tomó distancia del oficialismo.
¿Fue mera coincidencia la improvisada clase de José León Tapia en mi vehículo sobre el Museo de La Planicie?
¿Lo fue la presencia de tantos ex-guerrilleros y dirigentes de izquierda en la conferencia del hospital, muchos de los cuales son ahora gente del oficialismo y otros están hoy arrepentidos?
¿Qué había en la atmósfera que nos empujaba a tantos a valorar lo épico, lo heroico, lo militar, y a despreciar y estigmatizar lo racional, lo ciudadano, lo democrático, la política?
Vale la pena reflexionar sobre el concepto de Zeitgeist o Espíritu de los tiempos.