Retazos de temas que me han interesado alguna vez, experiencias vividas, recuerdos, libros leídos, textos perdidos y rescatados, films que han dejado una impronta en mi memoria, pero también proyectos no realizados o postergados...







viernes, 7 de octubre de 2011

EL VIAJERO DE HEIDELBERG

La primera vez que me hablaron de Gabriel Ignacio Trómpiz fue en una guardia de la Cruz Roja. Mi compañero Carlos Sánchez Núñez me contó que un psiquiatra muy inteligente acababa de llegar de Alemania: se trataba del hijo homónimo del doctor Gabriel Trómpiz, uno de nuestros profesores de Clínica Médica en la Escuela de Medicina Vargas.  No recuerdo qué otra cosa dijo de él, pero llegó a llamar mi atención.
Poco después, Manuel Antonio Ortiz, condiscípulo de la Escuela de Música  José Ángel Lamas y estudiante de los últimos años de Psicología, me presentó a Nelson Trómpiz, quien también estudiaba esa carrera en la Universidad Central y era hermano menor de Gabriel Ignacio, de quien me habló también en términos encomiásticos.
Por esa época yo hacía unas guardias en la Clínica Coromoto, institución psiquiátrica privada que admitía a estudiantes de quinto o sexto año de Medicina en calidad de residentes, lo que me permitía ganar algún dinero adicional a la beca de OBE (Organización de Bienestar Estudiantil) que me ayudó durante buena parte de mi carrera médica. Una de nuestras obligaciones consistía en elaborar las historias de ingreso, lo que se hacía generalmente con cierto desaliño rutinario, pero que para mí, que estaba decidido a especializarme en psiquiatría, constituía una ocasión de practicar habilidades y mejorar conocimientos adquiridos en el pregrado. Trataba de hacer las historias lo mejor posible "por amor al arte", pues en la Clínica -pensaba yo- nadie se tomaría el trabajo de leerlas con cuidado y mucho menos de evaluarlas.
Pero me equivocaba.  El primero en desmentirme fue Fernando Valarino, quien me preguntó si me interesaba la psiquiatría y me felicitó por las historias. El segundo fue Trómpiz. Me llamó a su consultorio y me preguntó:
-Bachiller, ¿Quién es su profesor de psiquiatría?
-El doctor Eloy Silvio Pomenta, le respondí tímidamente.
-Acompáñeme un momento, por favor- me dijo,mientras se levantaba y se dirigía al consultorio de Silvio, al tiempo que le decía con entusiasmo y una amplia sonrisa:
-¡Eloete, te felicito por tu alumno!
Silvio sonrió con una mezcla de frescura e ingenuidad que suele mostrar.
Luego, otra vez a solas, me preguntó:
-¿A usted le interesa la psiquiatría?
-Por supuesto.
-Pues entonces, si quiere aprender conmigo, en la próxima guardia lo mando a llamar para que veamos juntos mis pacientes. ¿Conoce el libro de Honorio Delgado?
-Pues...no.
-Búsquelo.  Delgado es el psiquiatra de habla hispana que mejor conoce la psiquiatría alemana y la fenomenología.  ¿Sabe lo que es el análisis existencial?
- En absoluto (había leído a Sartre y un libro de Jean Wahl sobre existencialismo donde se hablaba de Jaspers, pero no lo vinculaba para nada con la psiquiatría ni veía qué tenía que ver una cosa con la otra).


A partir de ese momento me adapté a su agenda. Una de las religiosas de la Clínica me despertaba muy temprano el día que estaba de guardia, diciéndome:
- ¡Residente, lo espera el doctor Trómpiz!
E invariablemente pasábamos revista con sus pacientes.  Me preguntaba especialmente sobre semiología, y cuando no atinaba a responder me daba una pequeña pero enjundiosa clase, que terminaba con la frase:
- Léase ese tema, que en la próxima guardia volvemos a hablar del asunto.
De ese modo me fui formando en semiología psiquiátrica antes de cursar la especialidad.  Al mismo tiempo, Gabriel Ignacio me hablaba del análisis existencial y la fenomenología.  Como algunos puntos me resultaban oscuros, terminé comprando la Psicopatología de Jaspers, la Esquizofrenia de Minkowski y otros libros para poder aprovechar ese propedéutico ameno y nutritivo. Gabriel Ignacio se había formado primeramente en Caracas, en el Postgrado de la Universidad Central de Venezuela con sede en el  Hospital Psiquiátrico de Caracas, pero luego se había ido a Heidelberg, donde Karl Jaspers había tenido su cátedra.  De algún modo yo estaba bebiendo de esa fuente.
En general, los psiquiatras venezolanos tenían una excelente formación, y para algunos, el análisis existencial no les era extraño. Por ejemplo, Alberto Baute había estudiado en Marburgo, Alemania, con el Profesor Sttute, y permanecido tres años en Viena, Austria, con Igor Caruso, uno de los propulsores del psicoanálisis existencial, así como asistido a conferencias de Viktor Frankl.
Pero para mí resultó deslumbrante este joven de baja estatura, de hablar fácil y preciso, con unos gruesos bigotes chorreados que supongo, trajo de Alemania, un talante risueño, y una inteligencia ágil y penetrante, siempre cargada de humor.
Aún cursaba yo el último año de Medicina.  Me faltaba, por lo menos, terminar mi carrera.  Ese momento llegó, y el día de mi graduación, en una fiesta que organizó mi familia, se presentó Gabriel con un regalo que aún conservo: una Antología Poética de Rilke, a la que le añadió una significativa dedicatoria.
De modo que ya era Médico Cirujano.  Pero para cursar la especialidad se requería, de acuerdo a la normativa de entonces (1966), cumplir un año de Internado Rotatorio, equivalente al Rural de hoy.  Trómpiz me habló del curso del Hospital Militar "Carlos Arvelo".  Me asomó la posibilidad de que entrara directamente, sin tener que hacer el Internado Rotatorio.  Era una época en que los postgrados no se habían organizado del todo, no existía la Comisión de Estudios de Postgrado de la Facultad de Medicina y ahora que lo pienso bien, creo que el curso del Militar no tenía aún reconocimiento universitario.
Yo no estaba decidido. Me había formado en la Escuela Vargas, conocía a los psiquiatras de la Cátedra y Servicio de esa sede y me constaba su calidad tanto académica como humana. Pero Gabriel Ignacio era insistente con lo del Hospital Militar. Me invitó a asistir a las reuniones clínicas de los viernes, donde conocí a los doctores Fernando Rísquez, Duilio Moreno Orozco y Roberto Arocha Tejada, y a la Licenciada Graciela Capriles, psicólogo. Pude presenciar las amenas presentaciones de caso y discusiones, en las cuales todo concluía siempre con el esprit de Rísquez: brillante, seductor.  En mi opinión, la presencia de Trómpiz era un desafío para Rísquez. Pero sería falso decir que percibí alguna rivalidad: al contrario, Rísquez lucía orgulloso de contar a  Trómpiz entre sus adjuntos.


Gabriel Ignacio Trómpiz es el de bigotes que está arriba de Rísquez, en el centro.(Foto cortesía de Gisela Guánchez).



El ambiente era grato.  Se me daba la oportunidad de opinar y participar, no obstante ser yo un recién graduado. Algunas intervenciones mías fueron seguidas con verdadero interés por Rísquez, lo que enorgullecía a Gabriel  y se reforzaba el mecanismo inductor para que yo me quedara en el Militar.
Pero yo no me decidía.  Seguí explorando. Me entrevisté con Francisco Herrera Luque, a la sazón Jefe de Cátedra y Director del Curso del Hospital Universitario, quien se mostró obsequioso, ofreciéndome facilidades para el ingreso.
Por último hablé con el doctor Jesús Mata de Gregorio, Jefe de Servicio de Psiquiatría del Hospital Vargas, Jefe de la Cátedra de  Psiquiatría, y Director del postgrado de esa sede hospitalaria.
Para mi sorpresa, Mata se mostró inflexible con lo del Internado Rotatorio. Pero fue el único que me mostró un programa estructurado del postgrado.  Hablamos de unas declaraciones suyas en la prensa, donde se refería al libro Misión de la Universidad, de Ortega y Gasset.  Decidí hacer el curso en el Vargas.  Con todo el dolor de mi alma por Gabriel Ignacio, me incliné por lo organizado y estable.
Gabriel me dijo que había hecho una buena elección.  Me habló muy bien del doctor Mata, pero lamentó que no me quedara con Rísquez en el Militar.  Noté cierta tristeza en su voz, pero a lo mejor era una proyección de la mía, pues me hubiera gustado que él fuera mi profesor.

Comencé mi Internado Rotatorio. Corría el año 1967.  Yo hacía mi pasantía de Pediatría en el Hospital de Niños "J. M. de Los Ríos" y Caracas se preparaba para celebrar su Cuatricentenario.  Un día, el amigo Manuel Antonio Ortiz, que mencioné al principio, me propuso que visitáramos a Gabriel Ignacio "en plan de amigos".  Yo nunca había ido a su casa, pues mi relación con él siempre había estado circunscrita al ámbito profesional. Esa noche llegamos al edificio "Mijagual", en Los Palos Grandes, armados de una guitarra que tocaba Manuel Antonio (entre nosotros "Alejandro"). Conocí a la bellísima e inteligente esposa de Gabriel, Dorothy o "Dorsy", así como a su pequeño hijo, llamado también Gabriel Ignacio.
Me mostró su diploma de Heidelberg y su tesis doctoral sobre Esquizofrenia y Epilepsia.
Cantamos con la guitarra de "Alejandro", escuchamos la "Balada de Mackie Navaja"  de Die Dreigroschenoper y hablamos de todo lo divino y lo humano que se puede hablar en tan pocas horas.  A través de una acogida tan cálida, pude constatar lo inmensamente feliz que era esa familia...


¿Cómo poder aceptar, a más de cuarenta años de distancia, el hecho de que todo eso fue barrido por el terremoto que asoló a Caracas una semana después?
Junto con todas las personas que vivían en el edificio y las víctimas fatales de las otras viviendas que fueron destruídas por el sismo de 1967, tanto Gabriel como su esposa e hijo fallecieron en la tragedia. Del edificio "Mijagual" no quedó piedra sobre piedra, como lo mostró la prensa y la televisión, y como yo lo pude verificar con inmenso dolor mientras participaba con la Cruz Roja en las labores de salvamento.
El Presidente Leoni hizo acto de presencia en el lugar del siniestro y las labores de rescate y exhumación duraron varias semanas.  Caracas celebró enlutada su Cuatricentenario.
De Gabriel me quedó su ejemplo, su interés por la psiquiatría existencial y la fenomenología, su apertura al saber humano y a la trascendencia, expresada nítidamente en la dedicatoria que le escribió a la Antología Poética de Rilke que me regaló la noche de mi graduación:

Confiando que siempre estarás más allá de la Medicina y de la Psiquiatría:   G. Trómpiz h.

Lo sigo intentando.






8 comentarios:

  1. DICE ALONSO:
    ¿Como hacer para entrar en ese comentario sin perturbar a tantos subsciptores?. Espero no hacer daño, ya que solo intento dar apoyo a un recordatorio de un apreciado y admirado colega, por parte de otro notable psiquiatra. Gabriel Trompiz padre figura en mi memoria como uno de los más notables profesores que tuve en la carrera de Medicina cursada en la UCV. Mucho sería para contar. Y de Gabriel hijo, mi recuerdo es de un ser especial, inteligente, amable, buen amigo. Una gran pérdida para el Pais ese día del terremoto de Caracas en 1967.AHC

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  2. MARÍA CANELÓN ESCRIBIÓ:
    Quería comentar que leí el artículo "El Viajero de Heidelberg", le digo que esa historia del Dr.Trómpiz me conmovió mucho, esa forma trágica de muerte junto a su familia me arrugó el corazón, caramba Dasein, usted si que ha tenido experiencias personales interesantes, me sorprendo cada vez que leo su página por las vivencias humanas tan hermosas, bueno, tal vez usted mismo las ha hecho hermosas por la pasión y profundidad (y autenticidad) que les ha imprimido. Yo pienso que la nota que le dejó el Dr. Trómpiz fue acertada (y se cumplió). Lo felicito Dasein, no dejaré nunca de admirarlo. Creo que va a tener que recoger todos estos artículos en un libro, su forma de escribir es muy amena y a pesar del alma (almanaque, je,je) tiene la memoria más que conservada, je, je,je. Mil bendiciones.

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  3. estoy de acuerdo con Maria Canelon;reune todos estos cuentos apasionantes en un libro!
    Dato curioso:ambos visitamos los 3 post-grados para decidir quedarnos en el Vargas; yo tambien impresionada por la personalidad del dr.Mata de Gregorio y la organizacion del servicio,donde ya te habias incorporado como Adjunto.
    Foto preciosa,donde el centro de verdad, verdad lo ocupa el Dr.Rizquez( no habia otro lugar para el!)...

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  4. ELENA ALCÁZAR ESCRIBIÓ:

    " Confiando que siempre estarás más allá de la Medicina y de la Psiquiatría: G. Trómpiz h"
    ... Y así fue, así es y así seguirá siendo...y el mensaje del Dr. Trómpiz ha seguido pasando a través de ti, a todos los que hemos tenido el honor de compartir contigo, Dr. Franklin Padilla. ¡Gracias!

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  5. NÉSTOR DE LA PORTILLA ESCRIBIÓ:

    Hermoso tu artículo sobre Trómpiz

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  6. NANCY MONTERO ESCRIBIÓ:

    Muy bello el relato de tu relación con el Dr. Gabriel Ignacio Trompiz hijo. No lo conocí. Recuerdo sí la tristeza del padre poco después de su muerte.
    Nancy

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  7. ARGELIA MELET ESCRIBIÓ:

    Honestamente, me maravilla la acumulación de experiencias tan disímiles y maravillosas de su vida, mi querido amigo, alumno y profe (!!!). Me quedó la espinita de saber de Roberto Arocha, con quien compartí actividades en el Médico Psicológico, después de iniciar mi súper tardía carrera en Psiquiatría (pese a lo cual la he disfrutado una barbaridad). Arocha es el que está al lado de una bella doctora en la primera fila? El Dr. Gustavo Rojas Martínez, quien fue mi jefe en el Hospital Padre Machado, le decía "el Melón Arocha". No me pregunte por qué. Pero lo apreciaba mucho
    Cuando veo condensadas tantas historias,pequeñas y grandes, me invade la sensación de haber dejado en blanco una buena parte de mí. Recuerdo a Valarino (desde mi visión, bastante atormentado). A Rísquez en la condición de quien podía decir cualquier despropósito y siempre resultaba bien..no puedo negar que un poco demasiado para mi gusto un tanto "rígido". Sólo que a él esas cosas le lucían. No olvido un día que se paró ante el auditorio (cosa que le fascinaba) comenzando por decir: " Bueno,les hablo con la modestia que me caracteriza.." Y los oyentes aplaudieron fascinados.
    Pero, mi querido F.,debo decir que no todo el mundo puede acumular tal cantidad de cosas vividas, sumadas a un prodigio de conocimientos como música, clínica psiquiátrica y..filosofía? Y esa amalgama de anécdotas sabrosas bien condimentadas con un rico mundo de cultura digerida como Dios manda, pues claro que es inolvidable.
    Y si a eso le agrego esa preciosa cercanía con una religiosidad verdadera..¿qué puedo decir, más que tu colcha de retazos es enormemente enriquecedora para quien la lea? Te quiero y te respeto mucho.

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